martes, 28 de mayo de 2013
6to comunicación-TM-6to Soc. TT-Aviso
Chicos: les aviso que la evaluación pasa para la clase inmediata posterior a la de la fecha original. &to de comunicación la hará con el capítulo XII (2da parte)de Don Quijote. 6to de sociales con el VIII de la primera.
5to A- Otto
Chicos: terminen de leer "El juguete rabioso", así cuando nos veamos ya empezamos a trabajarlo. En este blog están subidos ya algunos de los textos que vamos a utilizar para el trabajo.
5to 3era EET N°2- aviso
Chicos: continúen realizando el tp de "El juguete rabioso"- Cualquier duda, escríbanme a esta dirección de mail: flacabielza@yahoo.com.ar
domingo, 19 de mayo de 2013
5to- El indigno
Les dejo este cuento de Borges para ser trabajado con "El juguete rabioso"
EL INDIGNO
Por Jorge Luis Borges
La imagen que tenemos de la
ciudad siempre es algo anacrónica. El café ha degenerado en bar; el zaguán que
nos dejaba entrever los patios y la parra es ahora un borroso corredor con un
ascensor en el fondo. Así, yo creí durante años que a determinada altura de
Talcahuano me esperaba la Librería Buenos Aires; una mañana comprobé que la
había reemplazado una casa de antigüedades y me dijeron que don Santiago
Fischbein, el dueño, había fallecido. Era más bien obeso; recuerdo menos sus
facciones que nuestros largos diálogos. Firme y tranquilo, solía condenar el
sionismo, que haría del judío un hombre común, atado, como todos los otros, a
una sola tradición y un solo país, sin las complejidades y discordias que ahora
lo enriquecen. Estaba compilando, me dijo, una copiosa antología de la obra de
Baruch Spinoza, aligerada de todo ese aparato euclidiano que traba la lectura y
que da a la fantástica teoría un rigor ilusorio. Me mostró, y no quiso
venderme, un curioso ejemplar de la Kabbala denudata de Rosenroth, pero en
mi biblioteca hay algunos libros de Ginsburg y de Waite que llevan su sello.
Una tarde en que los dos
estábamos solos me confió un episodio de su vida, que hoy puedo referir.
Cambiaré, como es de prever, algún pormenor.
—Voy a revelarle una
cosa que no he contado a nadie. Ana, mi mujer, no lo sabe, ni siquiera mis
amigos más íntimos. Hace ya tantos años que ocurrió que ahora la siento como
ajena. A lo mejor le sirve para un cuento, que usted, sin duda, surtirá de
puñales. No sé si ya le he dicho alguna otra vez que soy entrerriano. No diré
que éramos gauchos judíos; gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y
chacareros. Nací en Urdinarrain, de la que apenas guardo memoria; cuando mis
padres se vinieron a Buenos Aires, para abrir una tienda, yo era muy chico. A
unas cuadras quedaba el Maldonado y después los baldíos.
Carlyle ha escrito que los
hombres precisan héroes. La historia de Grosso me propuso el culto de San
Martín, pero en él no hallé más que un militar que había guerreado en Chile y
que ahora era una estatua de bronce y el nombre de una plaza. El azar me dio un
héroe muy distinto, para desgracia de los dos: Francisco Ferrari. Ésta debe ser
la primera vez que lo oye nombrar.
El barrio no era bravo como lo
fueron, según dicen, los Corrales y el Bajo, pero no había almacén que no
contara con su barra de compadritos. Ferrari paraba en el almacén de
Triunvirato y Thames. Fue ahí donde ocurrió el incidente que me llevó a ser uno
de sus adictos. Yo había ido a comprar un cuarto de yerba. Un forastero de
melena y bigote se presentó y pidió una ginebra. Ferrari le dijo con suavidad:
—Dígame ¿no nos vimos
anteanoche en el baile de la Juliana? ¿De dónde viene?
—De San Cristóbal —dijo el
otro.
—Mi consejo —insinuó Ferrari—
es que no vuelva por aquí. Hay gente sin respeto que es capaz de hacerle pasar
un mal rato.
El de San Cristóbal se fue,
con bigote y todo. Tal vez no fuera menos hombre que el otro, pero sabía que
ahí estaba la barra.
Desde esa tarde Francisco
Ferrari fue el héroe que mis quince años anhelaban. Era morocho, más bien alto,
de buena planta, buen mozo a la manera de la época. Siempre andaba de negro.
Un segundo episodio nos
acercó. Yo estaba con mi madre y mi tía; nos cruzamos con unos muchachones y
uno le dijo fuerte a los otros:
—Déjenlas pasar. Carne vieja.
Yo no supe qué hacer. En eso
intervino Ferrari, que salía de su casa. Se encaró con el provocador y le dijo:
—Si andás con ganas de meterte
con alguien ¿por qué no te metés conmigo más bien?
Los fue filiando, uno por uno,
despacio, y nadie contestó una palabra. Lo conocían.
Se encogió de hombros, nos
saludó y se fue. Antes de alejarse, me dijo:
—Si no tenés nada que hacer,
pasá luego por el boliche.
Me quedé anonadado. Sarah, mi
tía, sentenció:
—Un caballero que hace
respetar a las damas.
Mi madre, para sacarme del
apuro, observó:
—Yo diría más bien un compadre
que no quiere que haya otros.
No sé cómo explicarle las
cosas. Yo me he labrado ahora una posición, tengo esta librería que me gusta y
cuyos libros leo, gozo de amistades como la nuestra, tengo mi mujer y mis
hijos, me he afiliado al Partido Socialista, soy un buen argentino y un buen judío.
Soy un hombre considerado. Ahora usted me ve casi calvo; entonces yo era un
pobre muchacho ruso, de pelo colorado, en un barrio de las orillas. La gente me
miraba por encima del hombro. Como todos los jóvenes, yo trataba de ser como
los demás. Me había puesto Santiago para escamotear el Jacobo, pero quedaba el
Fischbein. Todos nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros. Yo sentía el
desprecio de la gente y yo me despreciaba también. En aquel tiempo, y sobre
todo en aquel medio, era importante ser valiente; yo me sabía cobarde. Las
mujeres me intimidaban; yo sentía la íntima vergüenza de mi castidad temerosa.
No tenía amigos de mi edad.
No fui al almacén esa noche.
Ojalá nunca lo hubiera hecho. Acabé por sentir que en la invitación había una
orden; un sábado, después de comer, entré en el local.
Ferrari presidía una de las
mesas. A los otros yo los conocía de vista; serían unos siete. Ferrari era el
mayor, salvo un hombre viejo, de pocas y cansadas palabras, cuyo nombre es el
único que no se me ha borrado de la memoria: don Eliseo Amaro. Un tajo le
cruzaba la cara, que era muy ancha y floja. Me dijeron, después, que había
sufrido una condena.
Ferrari me sentó a su
izquierda; a don Eliseo lo hicieron mudar de lugar. Yo no las tenía todas
conmigo. Temía que Ferrari aludiera al ingrato incidente de días pasados. Nada
de eso ocurrió; hablaron de mujeres, de naipes, de comicios, de un payador que
estaba por llegar y que no llegó, de las cosas del barrio. Al principio les
costaba aceptarme; luego lo hicieron, porque tal era la voluntad de Ferrari.
Pese a los apellidos, en su mayoría italianos, cada cual se sentía (y lo
sentían) criollo y aun gaucho. Alguno era cuarteador o carrero o acaso
matarife; el trato con los animales los acercaría a la gente de campo. Sospecho
que su mayor anhelo hubiera sido ser Juan Moreira. Acabaron por decirme el
Rusito, pero en el apodo no había desprecio. De ellos aprendí a fumar y otras
cosas.
En una casa de la calle Junín
alguien me preguntó si yo no era amigo de Francisco Ferrari. Le contesté que
no; sentí que haberle contestado que sí hubiera sido una jactancia.
Una noche la policía entró y
nos palpó. Alguno tuvo que ir a la comisaría; con Ferrari no se metieron. A los
quince días la escena se repitió; esta segunda vez arrearon con Ferrari
también, que tenía una daga en el cinto. Acaso había perdido el favor del
caudillo de la parroquia.
Ahora veo en Ferrari a un
pobre muchacho, iluso y traicionado; para mí, entonces, era un dios.
La amistad no es menos
misteriosa que el amor o que cualquiera de las otras faces de esta confusión
que es la vida. He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la
felicidad, porque se justifica por sí sola. El hecho es que Francisco Ferrari,
el osado, el fuerte, sintió amistad por mí, el despreciable. Yo sentí que se
había equivocado y que yo no era digno de esa amistad. Traté de rehuirlo y no
me lo permitió. Esta zozobra se agravó por la desaprobación de mi madre, que no
se resignaba a mi trato con lo que ella nombraba la morralla y que yo remedaba.
Lo esencial de la historia que le refiero es mi relación con Ferrari, no los
sórdidos hechos, de los que ahora no me arrepiento. Mientras dura el
arrepentimiento dura la culpa.
El viejo, que había retomado
su lugar al lado de Ferrari, secreteaba con él. Algo estarían tramando. Desde
la otra punta de la mesa, creí percibir el nombre de Weidemann, cuya tejeduría
quedaba por los confines del barrio. Al poco tiempo me encargaron, sin más
explicaciones, que rondara la fábrica y me fijara bien en las puertas. Ya
estaba por atardecer cuando crucé el arroyo y las vías. Me acuerdo de unas
casas desparramadas, de un sauzal y unos huecos. La fábrica era nueva, pero de
aire solitario y derruido; su color rojo, en la memoria, se confunde ahora con
el poniente. La cercaba una verja. Además de la entrada principal, había dos
puertas en el fondo que miraban al sur y que daban directamente a las piezas.
Confieso que tardé en
comprender lo que usted ya habrá comprendido. Hice mi informe, que otro de los
muchachos corroboró. La hermana trabajaba en la fábrica. Que la barra faltara
al almacén un sábado a la noche hubiera sido recordado por todos; Ferrari
decidió que el asalto se haría el otro viernes. A mí me tocaría hacer de
campana. Era mejor que, mientras tanto, nadie nos viera juntos. Ya solos en la
calle los dos, le pregunté a Ferrari:
—¿Usted me tiene fe?
—Sí —me contestó—. Sé que te
portarás como un hombre.
Dormí bien esa noche y las
otras. El miércoles le dije a mi madre que iba a ver en el centro una vista nueva
de cowboys. Me puse lo mejor que tenía y me fui a la calle Moreno. El viaje en
el Lacroze fue largo. En el Departamento de Policía me hicieron esperar, pero
al fin uno de los empleados, un tal Eald o Alt, me recibió. Le dije que venía a
tratar con él un asunto confidencial. Me respondió que hablara sin miedo. Le
revelé lo que Ferrari andaba tramando. No dejó de admirarme que ese nombre le
fuera desconocido; otra cosa fue cuando le hablé de don Eliseo.
—¡Ah! —me dijo—. Ése fue de la
barra del Oriental.
Hizo llamar a otro oficial,
que era de mi sección, y los dos conversaron. Uno me preguntó, no sin sorna:
—¿Vos venís con esta denuncia
porque te crees un buen ciudadano?
Sentí que no me entendería y
le contesté:
—Sí, señor. Soy un buen
argentino.
Me dijeron que cumpliera con
la misión que me había encargado mi jefe, pero que no silbara cuando viera
venir a los agentes. Al despedirme, uno de los dos me advirtió:
—Andá con cuidado. Vos sabés
lo que les espera a los batintines.
Los funcionarios de policía
gozan con el lunfardo, como los chicos de cuarto grado. Le respondí:
—Ojalá me maten. Es lo mejor
que puede pasarme.
Desde la madrugada del
viernes, sentí el alivio de estar en el día definitivo y el remordimiento de no
sentir remordimiento alguno. Las horas se me hicieron muy largas. Apenas probé
la comida. A las diez de la noche fuimos juntándonos a una cuadra escasa de la
tejeduría. Uno de los nuestros falló; don Eliseo dijo que nunca falta un flojo.
Pensé que luego le echarían la culpa de todo. Estaba por llover. Yo temí que
alguien se quedara conmigo, pero me dejaron solo en una de las puertas del
fondo. Al rato aparecieron los vigilantes y un oficial. Vinieron caminando;
para no llamar la atención habían dejado los caballos en un terreno. Ferrari
había forzado la puerta y pudieron entrar sin hacer ruido. Me aturdieron cuatro
descargas. Yo pensé que adentro, en la oscuridad, estaban matándose. En eso vi
salir a la policía con los muchachos esposados. Después salieron dos agentes,
con Francisco Ferrari y don Eliseo Amaro a la rastra. Los habían ardido a
balazos. En el sumario se declaró que habían resistido la orden de arresto y
que fueron los primeros en hacer fuego. Yo sabía que era mentira, porque no los
vi nunca con revólver. La policía aprovechó la ocasión para cobrarse una vieja
deuda. Días después, me dijeron que Ferrari trató de huir, pero que un balazo
bastó. Los diarios, por supuesto, lo convirtieron en el héroe que acaso nunca
fue y que yo había soñado.
A mí me arrearon con los otros
y al poco tiempo me soltaron.
jueves, 16 de mayo de 2013
5to-El juguete rabioso-material de trabajo
Les dejo parte de material para trabajar con "El juguete rabioso"
Fuente: “El juguete
rabioso”- Ed La estación.20
ROBERTO
ARLT
Entre 1880 y 1910
Buenos Aires recibió una importante cantidad de inmigrantes oriundos de Europa
que llegaban al país alentados por las políticas migratorias vigentes que
prometían integración, desarrollo y bienestar.
Entre los extranjeros
que arribaron al país, se encontraba el matrimonio de Karl Arlt, alemán, y
Ekatherine Iobstraibitzer nacida en
Trieste (actual territorio italiano, en cercanías de Austria). Permanecieron en
Buenos Aires y se alojaron en una vivienda precaria en el porteño barrio de
Flores .Al tiempo nació su primera hija, quien murió a los seis meses. El
segundo hijo del matrimonio Arlt nació el 2 de abril de 1900: se llamó Roberto
Godofredo Christophersen y, desde temprano, su vida estuvo signada por
necesidades económicas y privaciones de todo tipo, La relación con sus padres
nunca fue buena.
Condicionado social y
culturalmente, Arlt fue desde aquel entonces un outsider. Esta palabra refiere a quien está fuera de lo
establecido o es considerado un extraño. Arlt no logró terminar la escuela
primaria porque tuvo que comenzar a trabajar desde pequeño; por lo tanto su
educación se basó más en la naturaleza autodidacta que en las aulas. Desde
temprana edad, manifestó una inquietud literaria y alternó sus primeros
intentos como escritor con los más diversos oficios. Además, se interesó por
obras de ciencias ocultas y astrología.
Durante su juventud,
Arlt trabajó como periodista. En 1927 era cronista policial en el diario
Crítica y un año después pasó a ser redactor de El Mundo. Allí aparecieron
algunos de sus cuentos y una columna de crónicas cuyo título fue Aguafuertes porteñas.
Mientras el periodismo
se convertía en su medio de subsistencia, sus ansias por ser inventor lo
llevaron a conformar una sociedad: ARNA (así llamada por el apellido de sus
mentores : Arlt y Naccaratti).
Arlt nació con el siglo y vivió hasta los 42
años. Su legado es extenso y valioso. Escribió cuatro novelas: El juguete rabioso (1926), Los siete locos
(1929), Los Lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932).
ANTAGONISMOS
LITERARIOS
Por falta de
preparación académica, Arlt tuvo que soportar el desprecio y la marginación de
los escritores de la época, que sostenían que el idioma de los inmigrantes no
debía ingresar y “contaminar” la cultura argentina. Algunos autores como Jorge
Luis Borges o Victoria Ocampo rechazaban el lenguaje coloquial y plagado de
mixturas utilizado por los inmigrantes y rescatados por ciertos escritores que,
incluido Arlt, propiciaban el uso popular de la lengua, más allá de todo
estilo, gramática o erudición.
EL
LUNFARDO
Según el Diccionario de
la Real Academia Española, el lunfardo
es el “habla que originariamente empleaba, en la ciudad de Buenos Aires y sus
alrededores, la gente de clase baja.”
jueves, 2 de mayo de 2013
4to año-martín fierro
Copio el enlace para leer la obra de Hernández
http://webs.satlink.com/usuarios/c/cabas/mfierro/mfierro.htm
http://webs.satlink.com/usuarios/c/cabas/mfierro/mfierro.htm
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