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El hombre muerto
[Cuento. Texto completo.]
Horacio Quiroga
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viernes, 23 de mayo de 2014
5to 3era- Texto a evaluar
domingo, 18 de mayo de 2014
4to 4ta-Escuela Técnica N°2-Textos nuevos
Romance del enamorado y la muerte
(Anónimo-Romancero Viejo/España)
Un sueño soñaba anoche,
sueñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
mucho más que nieve fría.
-¿Por dónde has entrado amor?
¿Cómo has entrado mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el Amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy rápido se calzaba,
más rápido se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta blanca,
ábreme la puerta niña!.
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es debida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la muerte me está buscando,
junto a tí vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzara,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-nos vamos enamorado,
que la hora ya está cumplida.
sueñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
mucho más que nieve fría.
-¿Por dónde has entrado amor?
¿Cómo has entrado mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el Amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy rápido se calzaba,
más rápido se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta blanca,
ábreme la puerta niña!.
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es debida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la muerte me está buscando,
junto a tí vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzara,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-nos vamos enamorado,
que la hora ya está cumplida.
Conde
Niño por amores
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar,
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
-Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
sino es el Conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡oh, malhaya su cantar!
y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre,
juntos nos han de enterrar.
Él murió a la medianoche,
ella a los gallos cantar;
a ella como hija de reyes
la entierran en el altar,
a él como hijo de condes
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro
los dos se van a juntar;
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
De ella nació una garza,
de él un fuerte gavilán,
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar,
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
-Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
sino es el Conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡oh, malhaya su cantar!
y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre,
juntos nos han de enterrar.
Él murió a la medianoche,
ella a los gallos cantar;
a ella como hija de reyes
la entierran en el altar,
a él como hijo de condes
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro
los dos se van a juntar;
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
De ella nació una garza,
de él un fuerte gavilán,
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.
jueves, 8 de mayo de 2014
5to año
El hambre
[Texto Completo]
Manuel Mujica Lainez
[Texto Completo]
Manuel Mujica Lainez
Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester...
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
FIN
miércoles, 30 de abril de 2014
5to año-
CONEJO
Y cualquiera que escandalizare a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.
MATEO, XVIII: 6
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.
MATEO, XVIII: 6
No va a venir. Son mentiras lo de la
enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no
va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre
entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los
patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines,
que un conejo de trapo al final es parecido a las muñecas, que son para las
chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho mejor que los
patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de
bobas, eso es lo que tienen.
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, mírenlo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenes que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para hablar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenes no es nada linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ganar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escupa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, mírenlo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenes que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para hablar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenes no es nada linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ganar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escupa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…
lunes, 14 de abril de 2014
6to-.fragmentos de El Caballero del león.
1-Pronto
monta mi señor Yvain su caballo; no volverá hasta vengar, si puede, la afrenta
de su primo. Corre ahora el escudero hacia el buen caballo y lo monta sin
demora, porque no le faltaba clavo ni herradura. Al galope siguió a su señor
hasta verle: había descabalgado y le esperaba en un sitio apartado del camino
desde hacía algún rato. Le trae su arnés y todo su aparato y él va vistiendo
sus armas.
Mi
señor Yvain, una vez armado, no se concedió descanso y empezó a cabalgar a lo
largo y ancho de los bosques, recorriendo en cada jornada muchos montes y
valles, lugares hostiles y salvajes, franqueando pasos angostos, desfiladeros
traidores y peligrosos, hasta llegar a la estrecha senda tenebrosa, llena de
zarzales: tuvo entonces la certeza de no poder ya extraviarse.
2- Antes
de que terminara aquel concierto, llegó, más encolerizado que brasa ardiente,
un caballero con tanto estrépito como si cazara un ciervo en celo. En cuanto
ambos se vieron, cada uno se lanzó al encuentro del otro, y en sus dos rostros
se leía un mutuo odio a muerte. Armados con sendas lanzas duras y resistentes,
intercambian tan duros golpes, que los dos se atraviesan los escudos de parte a
parte; se desmallan las lorigas, se resquebrajan las lanzas y se hacen trizas,
saltando los pedazos por los aires. Siguen entonces combatiendo con la espada.
Con fragorosas cuchilladas, han cortado las correas de los escudos que,
astillados por todas partes, ya no les sirven para cubrirse: los han destrozado
de tal forma, que ya ensayan sus destellantes espadas contra flancos, caderas y
pechos al descubierto. Se ponen a prueba con toda crueldad y sin ceder un solo
pie de terreno, como si fueran dos rocas; nunca sostuvieron lucha tan
encarnizada dos caballeros empeñados en precipitar su muer [p. 15 vv. 836-897] te. Cuidan de no malgastar sus golpes y los emplean lo mejor posible,
abollados y doblados los yelmos, teñidas con la sangre que se roban las
lorigas, cuyas mallas vuelan hacia el cielo. A cuchilladas se golpean en pleno
rostro. Tan caídas y desmalladas tienen ya las lorigas, que no les protegen el
cuerpo más que si llevasen hábito de monje. Cualquiera se maravillaría viendo
cuánto dura una batalla tan ferozmente dura. Pero ambos tienen tan fiero e
indomable corazón, que ninguno cedería un palmo de terreno sin empujar al otro hasta
la muerte. Lucharon con tanta lealtad, que nunca malhirieron o lastimaron en
parte alguna a sus caballos, y no quisieron apearse ni una sola vez, sino que
siguieron en sus monturas: así resultó más hermosa la batalla.
Al fin,
mi señor Yvain desgajó el yelmo del caballero, que quedó aturdido y
descalabrado; le entró pavor por golpe tal mortal como nunca había recibido;
bajo la cofia de hierro, hendido el cráneo, le salía el cerebro, tiñendo con
sangre las mallas de su brillante loriga.
3-Pero
con sus dulces mieles, le cura y suaviza Amor novel, que ha invadido su feudo y
se ha cobrado su presa: enemiga suya es la dueña de su corazón, pues él ama al
ser que más le odia. Sin saberlo siquiera, la dama ha vengado con creces la
muerte de su esposo, pues mayor venganza se ha tomado de lo que habría
imaginado —ahora ni lo sabe— si Amor no se hubiese encargado de vengarla,
hiriendo a su enemigo con tal dulce requerimiento, que con la mirada le
traspasa el corazón. Tal golpe dura y duele más que los de una lanza o espada:
un golpe de espada pronto cura y sana por arte de un médico, pero herida de
Amor peor se vuelve, cuanto más cerca está su medicina.
Herida
de esta clase lleva mi señor Yvain, de la que nunca curará, porque Amor le ha
subyugado. Amor va trasegando los lugares por donde pasa, y luego se retira,
porque no quiere otro huésped ni hospedaje, y prueba su valor abandonando y
despreciando los lugares conquistados una vez que se le han entregado
4-»¿Cómo
pudo ser esto? ¿De dónde surgió tan gran belleza? Dios la hizo, con su mano
desnuda, para que la Naturaleza se quedase soñando. Podría malgastar todo su
tiempo, si quisiera imitarla, porque ya ni Dios podría volver a [p. 26 vv. 1506-1561] traer al mundo, si se empeñara, semejante criatura ni, creo yo, a nadie
podría enseñar tal modelo, por más que se esforzara...
5-»Además
de ser de tan elevada condición, es de tal valentía, cortesía e ingenio, que
nadie me debe desaconsejar esta unión. Todos, creo yo, habéis oído hablar de mi
señor [p. 38
vv. 2127-2179] Yvain de forma elogiosa, pues él en persona es quien pide mi mano: así
que tomaría por esposo, si llega ese día, a un caballero de más alto linaje que
el de mi propio rango.
6- Mi
señor Yvain se alegraría y sentiría gran satisfacción, si pudiera ahora humillar
a este fanfarrón, al que ha reconocido fácilmente por sus armas. Coge el escudo
por las enarmas, y Kay el suyo. Aguijoneando sus caballos, se lanzan uno contra
otro, bajando las lanzas, que tenían apoyadas en lo alto, hasta sostenerlas
sólo por las empuñaduras. Con tal ansiedad se enfrentan y se esfuerzan con sus
golpes al chocar, que ambas lanzas rompen a la vez, y se les van resquebrajando
en los puños.
Tan
fuerte golpe le asesta a Kay mi señor Yvain, que le hace caerse de la silla,
dar una voltereta e hincársele el yelmo en la tierra. No le quiere infligir más
castigo mi señor Yvain, que ahora descabalga y le quita el caballo a su
adversario.
7-—¡Cómo!
—le decía mi señor Gauvain— ¿Seríais acaso de los que echan a perder su valía
por culpa de su mujer? ¡Por Santa María, quede deshonrado quien se case para
desmerecer! Quien tiene una noble y hermosa dama por amiga o mujer, debe ganar
méritos, pues es justo que ella le deje, si van a menos su fama y su valor.
Tened por cierto que su amor os llegaría a enojar, si fuese motivo de demérito.
Una mujer no vacila en retirar su amor, y está en su derecho, si desprecia al
que ha desmerecido, nada más hacerse señor de su reino.
»Lo más
importante es que se acreciente vuestra honra. Romped el freno y el cabestro, e
iremos a tornear, vos y yo, que no se os pueda llamar cobarde. No debéis soñar
despierto, sino frecuentar torneos, disputar justas, y abandonar todo lo demás,
cueste lo que cueste. Demasiado sueña, quien no se mueve.
8- Ahora
le pide mi señor Yvain licencia para acompañar al rey e irse a tornear, para
que no le llamen cobarde.
[p. 46 vv.
2562-2620]
—Os
concedo, licencia, —le dice—([i]), pero dentro de un cierto plazo. Tened por seguro, que el amor que os
tengo se tornaría en odio, si prolongaseis vuestra ausencia más allá del
término que os fije. Sabed que no admitiré mentiras al respecto, y si vos
mentís, yo mantendré la verdad. Si queréis conservar mi amor, y me tenéis algún
afecto, pensad en volver pronto, por lo que antes de que haya transcurrido un
año, ocho días después de la fiesta de San Juan, en cuya octava entramos hoy.
De mi amor seréis despojado y apartado, si no estáis de vuelta aquí a mi lado,
antes de ese día.
9- Mi
señor Yvain, a duras penas, se ha separado de su amiga, pero su corazón no se
aparta de ella. El rey puede llevarse su cuerpo, pero de su corazón no se
llevará ninguna parcela, porque permanece tan estrechamente ligado al corazón
de la abandonada, que no hay poder que se lo lleve.
10- Crece
mientras, para el desdichado, el desasosiego hasta tal punto, que todo lo que
ve le apena, que cuanto oye le enoja, y desearía haber huido, encontrarse solo
en una tierra tan salvaje que no se supiera dónde buscarle, ni existiera alma
viviente con más noticias suyas que si se hubiese hundido en un abismo. No hay
nada en el mundo que odie tanto como a sí mismo, y se pre [p. 50 vv. 2790-2843] gunta quién podría ofrecerle consuelo, cuando él es el artífice de su
propia pérdida. Pero antes preferiría desangrarse hasta la muerte, que dejar de
tomar venganza de sí mismo, por haberse despojado de su dicha.
11- Llevando
esta vida de loco salvaje, iba vagando por el bosque desde hacía cierto tiempo,
cuando encontró una casa bajita y pequeña que era de un ermitaño. Su dueño
andaba artigando el bosque con fuego, para desbrozarlo. Cuando vio el ermitaño
aquel hombre desnudo, se dio cuenta sin lugar a dudas de que no tenía uso de
razón, y convencido de que se trataba de un loco, se metió todo asustado en su
choza. Sin embargo, por caridad, cogió el santo varón un pedazo de su pan y un
cántaro de agua fresca, y lo dejó afuera, en el borde de una ventana estrecha.
Se acerca entonces el pobre hambriento, con unas ganas enormes de coger el pan
e hincarle el diente. Creo que jamás había probado pan tan áspero y tan poco
refinado, seguro que no [p.
51 vv. 2844-2902] costaría más de cinco sueldos el
sextario de grano con que se hizo, pues era más amargo que la levadura, amasado
con cebada y paja, enmohecido y seco como la corteza de un árbol. Pero el
hambre, cuando es ya tan apremiante y sin medida, empuja a comer cualquier
cosa. Así que mi señor Yvain se apresuró a comer el pan del ermitaño, que le supo
a gloria, y se bebió el agua fresca del cántaro.
Nada
más comer, volvió al bosque en busca de ciervos y ciervas. Cuando le ve irse el
santo varón, que seguía bajo techo, ruega a Dios que le guarde y proteja, para
que no vuelva a aparecer por sus lares aquel demente. Pero nadie que tenga un
mínimo de sentido común, deja de volver de buen grado al lugar donde le han
hecho algún bien; así que desde entonces, y mientras siguió poseído por aquel
delirio furioso, nunca dejó pasar más de ocho días sin colocar delante de su
puerta alguna bestia salvaje que hubiera cazado. Desde entonces, esta vida
llevó: el ermitaño se encargaba de desollar las piezas de caza y guisarlas en
cantidad suficiente; cada día estaban en la ventana el pan y el cántaro de
agua, para aplacar al furioso, y además tenía para comer su propia caza, aunque
fuera sin sal ni pimienta, y agua fresca de la fuente para beber.
12- Transcurrieron
semanas, con su buena ración de pan y caza, hasta que un buen día le
encontraron durmiendo en el bosque dos doncellas, que iban en compañía de una
dama, a cuya mesnada pertenecían. Al ver a aquel hombre desnudo, una de las
tres descabalga y corre hacia él. Le estuvo mirando mucho tiempo, antes de
distinguir en su cuerpo alguna señal que le permitiera reconocerle, y sin
embargo, ella que tanto le había visto, pronto le habría reconocido si hubiese
vestido el rico atuendo que siempre solía llevar. Tardó mucho en reconocerle,
pero a fuerza de examinarle, distinguió en su cara la larga huella de una
herida. Mi señor Yvain llevaba idéntica señal, ella lo sabía por habérsela
visto a menudo. Por aquella cicatriz lo ha reconocido, y que es él en persona
no lo duda un instante, pero le sorprende mu [p. 52 vv. 2903-2964] cho
encontrarle en tan distinto estado de pobreza y desnudez. Se persigna ante tan
extraño hecho y sin tocarle ni despertarle, vuelve a montar a caballo, para
reunirse con las demás y narrarles llorando su aventura.
13- Del
bálsamo ya no se vuelve a hablar y ambas rodean a mi señor Yvain con todas las
atenciones habidas y por haber: le dan un baño, le lavan la cabeza, le afeitan
—pues se le podían haber arrancado de la cara puñados de barba— le frotan y le
vuelven a frotar, con aceites y perfumes. No hay deseo suyo que no se apresuren
a satisfacer: ¿Quiere armas? En seguida se las proporcionan. ¿Un caballo? Le
dejan el más grande, hermoso, fuerte y vigoroso.
14- Con
tal fiereza golpea a un caballero en medio del escudo, que me parece que dejó
volteados a caballo y caballero, uno encima del otro, sin que el caballero
pudiera jamás volver a levantarse: quebrada ya la espalda por el medio, se le
reventó en la tripa el corazón. Se echa un poco atrás mi señor Yvain para tomar
distancia, y pronto vuelve a la carga, y cubriéndose con el escudo se lanza
para abrirse paso. ¡Veríasele derribar a cuatro caballeros en un santiamén, con
más facilidad y en menos tiempo de lo que se tarda para contarlos, uno, dos,
tres y cuatro!
15- Allí
quedó detenido en su huida el conde, pues nadie acudió en su ayuda, y sin
súplicas ni dilaciones, le tomó mi señor Yvain juramento de sumisión, porque
estando los dos solos, de igual a igual, el conde no tenía defensa ni
posibilidad de escapar, o esquivar sus obligaciones; así que le prometió por su
honor, que se entregaría a la dama de Norisón, rindiéndose preso y atendiendo a
sus condiciones de paz. Después de tomarle juramento, le hizo desarmarse, y
quitado el yelmo de la cabeza y el escudo del cuello, se rindió el vencido
haciendo entrega de su espada desnuda.
16- Cuando
quedaron asentadas estas capitulaciones a gusto de la dama, mi señor Yvain le
pidió licencia para irse, cosa que ella nunca le habría otorgado, si él hubiese
querido tomarla por esposa o amiga; pero no es el caso: ni siquiera deja que le
acompañen y hagan escolta, y se marcha inmediatamente, sin que valga súplica
alguna.
17- Mi
señor Yvain camina meditabundo por un espeso bosque, cuando oye salir del soto
un grito de dolor desgarrado. Se dirige entonces hacia el lugar desde donde
había partido el grito, y al llegar a un claro del bosque, ve en el fuego de la
artiga a un león, al que una serpiente tenía agarrado por la cola, y le iba
quemando la espalda a llamaradas. Sin entretenerse mucho contemplando este
prodigio, mi señor Yvain delibera en su fuero interno a cuál de los dos
animales prestar ayuda. Ya lo tiene pensado, se pondrá de parte del león,
porque a las especies traidoras y venenosas sólo se las debe dañar, y tanta
felonía rezuma la serpiente venenífera, que vomita fuego por la boca. Por esta
razón, decide mi señor Yvain que lo primero es matarla. Saca la espada y avanza
hacia la bestia, el escudo delante de la cara para que no le alcance la llama,
que la bestia va echando por una boca más ancha que una olla.
18- Limpia
su espada, manchada por el veneno y la inmundicia de la serpiente, y vuelve a
envainarla, para reemprender el camino. Sigue su marcha flanqueado por el león,
que ya jamás se apartará de su lado: de aquí en adelante, quiere acompañarle
siempre, estar a su servicio y protegerle.
19-—¡Nunca
quiera Dios —exclama el caballero—, que por culpa mía os hagan ningún daño!
¡Mientras esté en mi poder, jamás moriréis! Podéis fiaros de mí; mañana, habré
aunado todas mis fuerzas, para poner mi persona a vuestro servicio y libraros,
como es mi obligación. Pero debéis guardaros de cualquier alusión o comentario
con la gente sobre mi identidad. Cualquiera que sea el desenlace de esta
batalla, cuidad de que no me reconozcan.
20- Entonces
salió de un aposento la doncella, hermosa de cuerpo y de rostro muy bello y
deleitoso. Caminaba cabizbaja, recatada y calladamente, mirando hacia el suelo,
como si no viese nunca el fin de su desgracia; a su lado, iba su madre, pues el
señor del castillo les había mandado buscar, para presentárselas a su huésped.
Llegaron embozadas en sus mantos, para ocultar sus lágrimas, pero él les manda
destaparse la cara y levantar la mirada,
21- Cree
enloquecer de rabia el noble señor, al oír a aquel monstruo decirle que
deshonrará a su hija haciendo de ella una prostituta, o que matará si no a sus
cuatros hijos, ante sus propios ojos. En sus quejas se llama desdichado,
infortunado, suspira y llora a lágrima viva. Entonces le habla mi señor Yvain,
como caballero de generoso y franco corazón:
—Señor,
este gigante en un arrogante felón, que ahora se jacta, al otro lado de la
muralla. ¡Pero Dios quiera que jamás se apodere de vuestra hija, a la que
despreciaría y envilecería! Sería demasiada desgracia, que una criatura tan
hermosa y nacida de tan alto linaje, fuera entregada a mozos pordioseros.
22-—No
sería justo —le contestan— callar una proeza tan ejemplar. Cumpliremos con
vuestra voluntad, pero sólo queremos preguntaros, señor, a quién podremos
atribuir esta hazaña, cuando estemos delante de mi señor Gauvain, si no sabemos
cómo os llamáis.
—Cuando
estéis en su presencia —les responde mi señor Yvain—, podréis decirle que el
Caballero del León os [p.
76 vv. 4281-4343] dije que era mi nombre,
23-—¡Quien
tenga miedo, que se marche! Yo no temo a vuestros tres escudos, como para darme
por vencido sin combatir. Vosotros esperáis de mí que, sano y salvo, deje campo
libre, abandonándoos la plaza, pero no os complaceré. Mientras me quede vida y
salud, no huiré ante esta clase de amenazas.
24- En
cuanto a aquellos traidores, ardieron en la hoguera encendida para la doncella,
porque es de justicia que quien acusa a otro injustamente, tenga que morir de
la misma muerte que había sentenciado.
25- Al
franquear el umbral([ii]), descubre a toda la mesnada, que sale a su encuentro. Le saludan y
ayudan a descabalgar; unos ponen su escudo en el león encima de su escalón,
mientras otros se llevan su montura a las caballerizas, y los escuderos, como
es su obligación, le quitan y se llevan su arnés. Nada más enterarse de la noticia
de su llegada, acude al patio el señor del castillo, para saludarle, seguido de
su esposa, hijo y todas sus hijas, a los que acompañan otras muchas gentes.
26-—Señor,
he estado buscándoos. La gran fama de vuestra honra me hizo franquear varios
reinos, soportando todas las fatigas. Después de tan larga búsqueda, gracias a
Dios, me encuentro aquí, en vuestra compañía, y no lamento ninguno de mis males
padecidos, ni me quejo, ni los recuerdo siquiera, pues no me pesan ya nada;
27- Era
de una belleza tan exquisita aquella doncella que, de haberla mirado, el dios
Amor no hubiera permitido que fuera amada por otro. Para ponerse a su servicio,
no hubiera dudado en hacerse hombre y en renunciar a su divinidad disparándose
en su propio cuerpo el dardo cuya herida es incurable, si no se afana en su
cuidado un médico desleal; tal es su naturaleza, que nadie debe intentar
curarla hasta descubrir su deslealtad, y quien cura de otra manera no es leal
amante.
28- Le sirve la hija del señor en persona, que
le atiende con todos los honores debidos a un huésped de calidad; no sólo le
quita el arnés, sino que de sus manos, ella misma le lava el cuello, la cara, y
el rostro entero. Su padre quiere que le prodiguen todas las señales de
consideración, y ella cumple con su deseo. Saca de un arca suya una camisa
plisada y calzas blancas; le viste con estas prendas y, con aguja e hilo, le va
cosiendo las [p. 96 vv. 5421-5475] mangas.
29-—Señor —contesta—, no quiero ninguna de vuestras posesiones. ¡A este
precio no me conceda Dios ni la mínima [p. 97 vv. 5476-5535] parte!
Guardad vuestra hija, que de tomarla por esposa el emperador de Alemania
quedaría muy satisfecho, porque es muy hermosa y de una educación muy refinada.
30-—Y
yo —replica—, os la devuelvo. ¡Quien la quiera, que la tenga! A mí ella no me
importa, y no lo digo por desprecio en absoluto. No os debe pesar el que la
rechace, pues ni debo ni puedo tomarla por esposa. Pero os lo ruego, liberad,
en nombre mío, a las cautivas que retenéis. Ha llegado para ellas, como sabéis,
el momento de irse y recobrar la libertad.
31- Mi señor Gauvain ama de verdad a Yvain y le
llama compañero, e Yvain lo mismo, esté donde esté, e incluso ahora mismo. ¡Con
qué jubilo le acogería al instante, si le reconociera! Por él daría su vida y
el otro la suya, antes de permitir que le hiciera daño. ¿No es esto Amor
absoluto y perfecto? Sí, ciertamente, pero por otra parte, ¿no resulta
flagrante el Odio? Sí, porque es absolutamente cierto que cada uno de ellos,
sin lugar a dudas, quisiera romper la cabeza de su rival, o dejarle con tal
deshonra, que peor le sería sobrevivir a su fama. A fe mía, es un verdadero
prodigio encontrarse juntos Amor y Odio mortal.
32- Y así, con gran gentileza y
generosidad los dos caballeros siguen otorgándose uno al otro el trofeo de la
victoria, rechazando cada uno para sí la corona, e intentando dar a entender al
rey y a todas sus gentes, que han sido vencidos y reconocen su derrota.
33- Entonces
todas las gentes, que habían oído de las muchas aventuras del caballero y del
león, su inseparable compañero, se percatan que ante sus ojos tienen en persona
al [p. 114 vv. 6467-6523] mismo caballero, que había matado al feroz gigante.
34-Cuando
ambos quedaron curados, mi señor Yvain, que se había entregado de corazón a
Amor, sin posible retorno, comprendió que no podría prolongarse su duelo,
porque al final moriría de amor si su dama no se apiadaba del que por ella iba
dejando la vida. Resuelve entonces abandonar la corte y marchar solo a llevar
la guerra a su fuente. Tal tormenta desencadenará, con rayos, viento y lluvia,
que a la fuerza tendrá su dama que hacer las paces con él o jamás dejarán de
reinar sobre la fuente tempestad, lluvia y viento.
35- Mi
señor Yvain ya ha alcanzado el perdón, y podéis creer que después de tan larga
y cruel desesperación, jamás gozó de tanta felicidad. Superadas todas las
pruebas, ha logrado ser amado y querido por su dama, que corresponde a su amor.
Ya no se acuerda de ninguno de los sufrimientos que le atormentaron, porque los
va borrando de su memoria el tierno goce de su amiga.
jueves, 10 de abril de 2014
Texto para 5to año.
Manuel
Rivas
(Texto
completo)
«¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año
podamos ver por fin la lengua de las mariposas».
El maestro aguardaba desde hacía tiempo
que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos
hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato
que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas
tuvieran un efecto de poderosas lentes.
«La lengua de la mariposa es una trompa
enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla
y la mete en el cáliz para chupar. Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro
de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta
de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa». Y entonces todos teníamos
envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos
trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de
jarabe.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al
principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender
como yo quería a mi maestro. Cuando era un «picarito», la escuela era una
amenaza terrible. Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la batalla del Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la batalla del Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.
Prefería verme lejos y no enredando en
el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la
Alameda, y fue Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, el que me puso
el apodo. «Pareces un gorrión».
Creo que nunca corrí tanto como aquel
verano anterior al ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces
sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la
cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría
llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Mi padre contaba como un tormento, como
si le arrancara las amígdalas con la mano, la manera en que el maestro les
arrancaba la jeada del habla para que no dijeran ajua ni jato ni jracias.
«Todas las mañanas teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara
tienen la garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de
Juadalagara!» Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche de la
víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la pared en la
sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de mandil
de carnicero. No mentiría si les dijera a mis padres que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía por
dentro.
Y me meé. No me meé en la cama sino en
la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos
años y todavía siento una humedad cálida y vergonzosa escurriendo por las
piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio escondido con la esperanza
de que nadie se percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar
por la Alameda.
«A ver, usted, ¡póngase de pie!»
El destino siempre avisa. Levanté los
ojos y vi con espanto que la orden iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho
me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza
de Abd el-Krim.
«¿Cuál es su nombre?»
«Gorrión»
Todos los niños rieron a carcajadas.
Sentí como si me batieran con latas en las orejas.
«¿Gorrión?»
No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo
que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres
eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al
ventanal, buscando con angustia los árboles de la alameda.
Y fue entonces cuando me meé.
Cuando se dieron cuenta los otros
rapaces, las carcajadas aumentaron y resonaban como trallazos.
Huí. Eché a correr como un loquito con
alas. Corría, corría como solo se corre en sueños y viene tras de uno el
Sacaúnto. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir
tras de mi. Podía sentir su aliento en el cuello y el de todos los niños, como
jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del
palco de la música y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba
solo con mi miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie
parecía reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba
disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas, y que
las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis padres. Las
piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación
desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta A Coruña y embarcaría de
polisón en uno de esos navíos que llevan a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el
mar sino otro monte más grande todavía, con peñascos recortados como torres de
una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia
lo que tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de
piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como luciérnagas los
que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba la noche cabalgando
sobre los aullidos de los perros. No estaba sorprendido. Era como si atravesara
la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando llegó donde mi la
sombra regia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho.
«Tranquilo Gorrión, ya pasó todo».
Dormí como un santo aquella noche,
pegadito a mamá. Nadie me reprendió. Mi padre se había quedado en la cocina,
fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas
amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como pasara cuando había
muerto la abuela.
Tenía la sensación de que mi madre no me
había soltado de la mano en toda la noche.
Así me llevó, agarrado como quien lleva
un serón en mi vuelta a la escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude
fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla
con cariño. «¡Me gusta ese nombre, Gorrión!». Y aquel pellizco me hirió como un
dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio
absoluto, me llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció
de pie, agarró un libro y dijo:
«Tenemos un nuevo compañero. Es una
alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear
de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. «Bien, y
ahora, vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven,
Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta».
A Romualdo los pantalones cortos le
quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas
llenas de heridas.
«Una tarde parda y fría...»
«Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que
vas a leer?»
«Una poesía, señor».
«Una poesía, señor».
«¿Y como se titula?»
«Recuerdo infantil. Su autor es don
Antonio Machado»
«Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito
y en voz alta. Repara en la puntuación»
El llamado Romualdo, a quien yo conocía
de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un
viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía
salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
«Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...
«Muy bien. ¿Qué significa monotonía de
lluvia, Romualdo?», preguntó el maestro.
«Que llueve después de llover, don
Gregorio».
«¿Rezaste?», preguntó mamá, mientras
pasaba la plancha por la ropa que papá cosiera durante el día. En la cocina, la
olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.
«Pues si», dije yo no muy seguro. «Una
cosa que hablaba de Caín y Abel».
«Eso está bien», dijo mamá. «No se por
que dicen que ese nuevo maestro es un ateo».
«¿Qué es un ateo?»
«Alguien que dice que Dios no existe».
Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas
de un pantalón.
«¿Papá es un ateo?»
Mamá posó la plancha y me miró fijo.
«¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se
te ocurre preguntar esa pavada?»
Yo había escuchado muchas veces a mi
padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal,
escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios.
Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en
el Demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían de verdad en Dios.
«¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?»
«¡Por supuesto!»
El hervor hacía bailar la tapa de la
olla. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y
berza. Una abeja revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que
colgaba de un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que
planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora
hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera a un desvalido.
«El Demonio era un ángel, pero se hizo
malo».
La abeja batió contra la lámpara, que
osciló ligeramente y desordenó las sombras.
«El maestro dijo hoy que las mariposas
también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como
el resorte de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que
mandar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan
lengua?»
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas
cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te gusta la escuela?»
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega»
No, el maestro don Gregorio no pegaba.
Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban
en el recreo, los llamaba, «parecen carneros» y hacía que se dieran la mano.
Luego, los sentaba en el mismo pupitre.
Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había
otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con
gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y
que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un
gran enfado era el silencio.
«Si ustedes no se callan, tendré que
callar yo».
Y iba cara al ventanal, con la mirada
ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como
si nos dejara abandonados en un extraño país.
Sentí pronto que el silencio del maestro
era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento
atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por
el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía
sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al
mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine
Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el
relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los
elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma.
Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón.
Pero no todo eran guerras.
Hacíamos hoces y rejas de arado en las
herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de
Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de
América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata.
«Las patatas vinieron de América», le
dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío.
«¡Que iban a venir de América! Siempre
hubo patatas», sentenció ella.
«No. Antes se comían castañas. Y también
vino de América el maíz». Era la primera vez que tenía clara la sensación de
que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos,
los padres, desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la
escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua
inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con
azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores
su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me
olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido
para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el
suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo.
Había sábados y feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión.
Recorríamos las orillas del río, las gándaras, el bosque, y subíamos al monte
Sinaí. Cada viaje de esos era para mí como una ruta del descubrimiento.
Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una libélula. Un escornabois. Y
una mariposa distinta cada vez, aunque yo solo recuerde el nombre de una es la
que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o en
el estiércol.
De regreso, cantábamos por las
corredoiras como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro
decía: «Y ahora vamos a hablar de los bichos de Gorrión».
Para mis padres, esas atenciones del
maestro eran una honra. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la
merienda para los dos. «No hacía falta, señora, yo ya voy comido», insistía don
Gregorio. Pero a la vuelta, decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».
«Estoy segura de que pasa necesidades»,
decía mi madre por la noche.
«Los maestros no ganan lo que tienen que
ganar», sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. «Ellos son las luces de
la República».
«¡La República, la República! ¡Ya
veremos donde va a parar la República!»
Mi padre era republicano. Mi madre, no.
Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como
enemigos de la Iglesia.
Procuraban no discutir cuando yo estaba
delante, pero muchas veces los sorprendía.
«¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es
cosa del cura, que te anda calentando la cabeza»
«Yo a misa voy a rezar», decía mi madre.
«Tu, si, pero el cura no»
Un día que don Gregorio vino a recogerme
para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le
gustaría «tomarle las medidas para un traje».
El maestro miró alrededor con
desconcierto.
«Es mi oficio», dijo mi padre con una
sonrisa.
«Respeto muchos los oficios», dijo por
fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje
durante un año y lo llevaba también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó
conmigo en la alameda, camino del ayuntamiento.
«¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año
podemos verles por fin la lengua a las mariposas»"
Algo extraño estaba por suceder. Todo el
mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban para la derecha,
viraban cara a la izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas,
estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca vi sentado
en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de visera. Cuando
Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía una tormenta.
Sentí el estruendo de una moto
solitaria. Era un guarda con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó
delante del ayuntamiento y miró cara a los hombres que conversaban inquietos en
el porche. Gritó: «¡Arriba España!» Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás
una estela de estallidos.
Las madres comenzaron a llamar por los
niños. En la casa, parecía haber muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba
colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como
abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres
miraron el picaporte con desasosiego. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en
la casa de Suárez, el indiano.
«¿Saben lo que está pasando? En la
Coruña los militares declararon el estado de guerra. Están disparando contra el
Gobierno Civil»
«¡Santo cielo!», se persignó mi madre.
«Y aquí», continuó Amelia en voz baja,
como si las paredes oyeran, «Se dice que el alcalde llamó al capitán de
carabineros pero que este mandó decir que estaba enfermo».
Al día siguiente no me dejaron salir a
la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras
encogidas, como si de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los
gorriones de la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon
el ayuntamiento. Mamá salió para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si
se hiciera vieja en media hora.
«Están pasando cosas terribles, Ramón»,
oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor
todavía. Parecía que había perdido toda voluntad.
Se arrellanó en un sillón y no se movía.
No hablaba. No quería comer.
«Hay que quemar las cosas que te
comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo»
Fue mi madre la que tomó la iniciativa
aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con
ella a la misa. Cuando volvieron, me dijo: «Ven, Moncho, vas a venir con
nosotros a la alameda».
Me trajo la ropa de fiesta y, mientras
me ayudaba a anudar la corbata, me dijo en voz muy grave: «Recuerda esto,
Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba
mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un
traje al maestro».
«Si que lo regaló».
«No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste
bien? ¡No lo regalo!»
Había mucha gente en la Alameda, toda
con ropa de domingo. Bajaran también algunos grupos de las aldeas, mujeres
enlutadas, paisanos viejos de chaleco y sombrero, niños con aire asustado,
precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas
de soldados abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos
camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el
ganado en la feria grande.
Pero en la alameda no había el alboroto
de las ferias sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba.
Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba
puesta en la fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y
recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el
brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardas, salieron
los detenidos, iban atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no
sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los
sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista
de la orquesta Sol y Vida, el cantero q quien llamaban Hércules, padre de
Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos
aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud
fue saliendo un ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.
«¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!»
«Grita tu también, Ramón, por lo que más
quieras, ¡grita!». Mi madre llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara
con toda su fuerza para que no desfalleciera. « ¡Que vean que gritas, Ramón,
que vean que gritas!»
Y entonces oí como mi padre decía
«¡Traidores» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales!
¡Rojos!» Saltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados,
con la mirada enfurecida cara al maestro. «¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!»
Ahora mamá trataba de retenerlo y le
tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. «¡Cabrón! ¡Hijo
de mala madre¡». Nunca le había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al
árbitro en el campo de fútbol. «Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?,
recuerda eso». Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la
mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. «¡Grítale tu también, Monchiño,
grítale tu también!»
Cuando los camiones arrancaron cargados
de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba
con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero
el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda,
con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: «¡Sapo!
¡Tilonorrinco! ¡Iris!».
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