lunes, 14 de abril de 2014

6to-.fragmentos de El Caballero del león.

1-Pronto monta mi señor Yvain su caballo; no volverá hasta vengar, si puede, la afrenta de su primo. Corre ahora el escudero hacia el buen caballo y lo monta sin demora, porque no le faltaba clavo ni herradura. Al galope siguió a su señor hasta verle: había descabalgado y le esperaba en un sitio apartado del camino desde hacía algún rato. Le trae su arnés y todo su aparato y él va vistiendo sus armas.
Mi señor Yvain, una vez armado, no se concedió descanso y empezó a cabalgar a lo largo y ancho de los bosques, recorriendo en cada jornada muchos montes y valles, lugares hostiles y salvajes, franqueando pasos angostos, desfiladeros traidores y peligrosos, hasta llegar a la estrecha senda tenebrosa, llena de zarzales: tuvo entonces la certeza de no poder ya extraviarse.

2- Antes de que terminara aquel concierto, llegó, más encolerizado que brasa ardiente, un caballero con tanto estrépito como si cazara un ciervo en celo. En cuanto ambos se vieron, cada uno se lanzó al encuentro del otro, y en sus dos rostros se leía un mutuo odio a muerte. Armados con sendas lanzas duras y resistentes, intercambian tan duros golpes, que los dos se atraviesan los escudos de parte a parte; se desmallan las lorigas, se resquebrajan las lanzas y se hacen trizas, saltando los pedazos por los aires. Siguen entonces combatiendo con la espada. Con fragorosas cuchilladas, han cortado las correas de los escudos que, astillados por todas partes, ya no les sirven para cubrirse: los han destrozado de tal forma, que ya ensayan sus destellantes espadas contra flancos, caderas y pechos al descubierto. Se ponen a prueba con toda crueldad y sin ceder un solo pie de terreno, como si fueran dos rocas; nunca sostuvieron lucha tan encarnizada dos caballeros empeñados en precipitar su muer [p. 15 vv. 836-897] te. Cuidan de no malgastar sus golpes y los emplean lo mejor posible, abollados y doblados los yelmos, teñidas con la sangre que se roban las lorigas, cuyas mallas vuelan hacia el cielo. A cuchilladas se golpean en pleno rostro. Tan caídas y desmalladas tienen ya las lorigas, que no les protegen el cuerpo más que si llevasen hábito de monje. Cualquiera se maravillaría viendo cuánto dura una batalla tan ferozmente dura. Pero ambos tienen tan fiero e indomable corazón, que ninguno cedería un palmo de terreno sin empujar al otro hasta la muerte. Lucharon con tanta lealtad, que nunca malhirieron o lastimaron en parte alguna a sus caballos, y no quisieron apearse ni una sola vez, sino que siguieron en sus monturas: así resultó más hermosa la batalla.
Al fin, mi señor Yvain desgajó el yelmo del caballero, que quedó aturdido y descalabrado; le entró pavor por golpe tal mortal como nunca había recibido; bajo la cofia de hierro, hendido el cráneo, le salía el cerebro, tiñendo con sangre las mallas de su brillante loriga.

3-Pero con sus dulces mieles, le cura y suaviza Amor novel, que ha invadido su feudo y se ha cobrado su presa: enemiga suya es la dueña de su corazón, pues él ama al ser que más le odia. Sin saberlo siquiera, la dama ha vengado con creces la muerte de su esposo, pues mayor venganza se ha tomado de lo que habría imaginado —ahora ni lo sabe— si Amor no se hubiese encargado de vengarla, hiriendo a su enemigo con tal dulce requerimiento, que con la mirada le traspasa el corazón. Tal golpe dura y duele más que los de una lanza o espada: un golpe de espada pronto cura y sana por arte de un médico, pero herida de Amor peor se vuelve, cuanto más cerca está su medicina.

Herida de esta clase lleva mi señor Yvain, de la que nunca curará, porque Amor le ha subyugado. Amor va trasegando los lugares por donde pasa, y luego se retira, porque no quiere otro huésped ni hospedaje, y prueba su valor abandonando y despreciando los lugares conquistados una vez que se le han entregado
4-»¿Cómo pudo ser esto? ¿De dónde surgió tan gran belleza? Dios la hizo, con su mano desnuda, para que la Naturaleza se quedase soñando. Podría malgastar todo su tiempo, si quisiera imitarla, porque ya ni Dios podría volver a [p. 26 vv. 1506-1561] traer al mundo, si se empeñara, semejante criatura ni, creo yo, a nadie podría enseñar tal modelo, por más que se esforzara...
5-»Además de ser de tan elevada condición, es de tal valentía, cortesía e ingenio, que nadie me debe desaconsejar esta unión. Todos, creo yo, habéis oído hablar de mi señor [p. 38 vv. 2127-2179] Yvain de forma elogiosa, pues él en persona es quien pide mi mano: así que tomaría por esposo, si llega ese día, a un caballero de más alto linaje que el de mi propio rango.
6- Mi señor Yvain se alegraría y sentiría gran satisfacción, si pudiera ahora humillar a este fanfarrón, al que ha reconocido fácilmente por sus armas. Coge el escudo por las enarmas, y Kay el suyo. Aguijoneando sus caballos, se lanzan uno contra otro, bajando las lanzas, que tenían apoyadas en lo alto, hasta sostenerlas sólo por las empuñaduras. Con tal ansiedad se enfrentan y se esfuerzan con sus golpes al chocar, que ambas lanzas rompen a la vez, y se les van resquebrajando en los puños.
Tan fuerte golpe le asesta a Kay mi señor Yvain, que le hace caerse de la silla, dar una voltereta e hincársele el yelmo en la tierra. No le quiere infligir más castigo mi señor Yvain, que ahora descabalga y le quita el caballo a su adversario.
7-—¡Cómo! —le decía mi señor Gauvain— ¿Seríais acaso de los que echan a perder su valía por culpa de su mujer? ¡Por Santa María, quede deshonrado quien se case para desmerecer! Quien tiene una noble y hermosa dama por amiga o mujer, debe ganar méritos, pues es justo que ella le deje, si van a menos su fama y su valor. Tened por cierto que su amor os llegaría a enojar, si fuese motivo de demérito. Una mujer no vacila en retirar su amor, y está en su derecho, si desprecia al que ha desmerecido, nada más hacerse señor de su reino.
»Lo más importante es que se acreciente vuestra honra. Romped el freno y el cabestro, e iremos a tornear, vos y yo, que no se os pueda llamar cobarde. No debéis soñar despierto, sino frecuentar torneos, disputar justas, y abandonar todo lo demás, cueste lo que cueste. Demasiado sueña, quien no se mueve.
8- Ahora le pide mi señor Yvain licencia para acompañar al rey e irse a tornear, para que no le llamen cobarde.
[p. 46 vv. 2562-2620]
—Os concedo, licencia, —le dice—([i]), pero dentro de un cierto plazo. Tened por seguro, que el amor que os tengo se tornaría en odio, si prolongaseis vuestra ausencia más allá del término que os fije. Sabed que no admitiré mentiras al respecto, y si vos mentís, yo mantendré la verdad. Si queréis conservar mi amor, y me tenéis algún afecto, pensad en volver pronto, por lo que antes de que haya transcurrido un año, ocho días después de la fiesta de San Juan, en cuya octava entramos hoy. De mi amor seréis despojado y apartado, si no estáis de vuelta aquí a mi lado, antes de ese día.
9- Mi señor Yvain, a duras penas, se ha separado de su amiga, pero su corazón no se aparta de ella. El rey puede llevarse su cuerpo, pero de su corazón no se llevará ninguna parcela, porque permanece tan estrechamente ligado al corazón de la abandonada, que no hay poder que se lo lleve.
10- Crece mientras, para el desdichado, el desasosiego hasta tal punto, que todo lo que ve le apena, que cuanto oye le enoja, y desearía haber huido, encontrarse solo en una tierra tan salvaje que no se supiera dónde buscarle, ni existiera alma viviente con más noticias suyas que si se hubiese hundido en un abismo. No hay nada en el mundo que odie tanto como a sí mismo, y se pre [p. 50 vv. 2790-2843] gunta quién podría ofrecerle consuelo, cuando él es el artífice de su propia pérdida. Pero antes preferiría desangrarse hasta la muerte, que dejar de tomar venganza de sí mismo, por haberse despojado de su dicha.
11- Llevando esta vida de loco salvaje, iba vagando por el bosque desde hacía cierto tiempo, cuando encontró una casa bajita y pequeña que era de un ermitaño. Su dueño andaba artigando el bosque con fuego, para desbrozarlo. Cuando vio el ermitaño aquel hombre desnudo, se dio cuenta sin lugar a dudas de que no tenía uso de razón, y convencido de que se trataba de un loco, se metió todo asustado en su choza. Sin embargo, por caridad, cogió el santo varón un pedazo de su pan y un cántaro de agua fresca, y lo dejó afuera, en el borde de una ventana estrecha. Se acerca entonces el pobre hambriento, con unas ganas enormes de coger el pan e hincarle el diente. Creo que jamás había probado pan tan áspero y tan poco refinado, seguro que no [p. 51 vv. 2844-2902] costaría más de cinco sueldos el sextario de grano con que se hizo, pues era más amargo que la levadura, amasado con cebada y paja, enmohecido y seco como la corteza de un árbol. Pero el hambre, cuando es ya tan apremiante y sin medida, empuja a comer cualquier cosa. Así que mi señor Yvain se apresuró a comer el pan del ermitaño, que le supo a gloria, y se bebió el agua fresca del cántaro.
Nada más comer, volvió al bosque en busca de ciervos y ciervas. Cuando le ve irse el santo varón, que seguía bajo techo, ruega a Dios que le guarde y proteja, para que no vuelva a aparecer por sus lares aquel demente. Pero nadie que tenga un mínimo de sentido común, deja de volver de buen grado al lugar donde le han hecho algún bien; así que desde entonces, y mientras siguió poseído por aquel delirio furioso, nunca dejó pasar más de ocho días sin colocar delante de su puerta alguna bestia salvaje que hubiera cazado. Desde entonces, esta vida llevó: el ermitaño se encargaba de desollar las piezas de caza y guisarlas en cantidad suficiente; cada día estaban en la ventana el pan y el cántaro de agua, para aplacar al furioso, y además tenía para comer su propia caza, aunque fuera sin sal ni pimienta, y agua fresca de la fuente para beber.
12- Transcurrieron semanas, con su buena ración de pan y caza, hasta que un buen día le encontraron durmiendo en el bosque dos doncellas, que iban en compañía de una dama, a cuya mesnada pertenecían. Al ver a aquel hombre desnudo, una de las tres descabalga y corre hacia él. Le estuvo mirando mucho tiempo, antes de distinguir en su cuerpo alguna señal que le permitiera reconocerle, y sin embargo, ella que tanto le había visto, pronto le habría reconocido si hubiese vestido el rico atuendo que siempre solía llevar. Tardó mucho en reconocerle, pero a fuerza de examinarle, distinguió en su cara la larga huella de una herida. Mi señor Yvain llevaba idéntica señal, ella lo sabía por habérsela visto a menudo. Por aquella cicatriz lo ha reconocido, y que es él en persona no lo duda un instante, pero le sorprende mu [p. 52 vv. 2903-2964] cho encontrarle en tan distinto estado de pobreza y desnudez. Se persigna ante tan extraño hecho y sin tocarle ni despertarle, vuelve a montar a caballo, para reunirse con las demás y narrarles llorando su aventura.
13- Del bálsamo ya no se vuelve a hablar y ambas rodean a mi señor Yvain con todas las atenciones habidas y por haber: le dan un baño, le lavan la cabeza, le afeitan —pues se le podían haber arrancado de la cara puñados de barba— le frotan y le vuelven a frotar, con aceites y perfumes. No hay deseo suyo que no se apresuren a satisfacer: ¿Quiere armas? En seguida se las proporcionan. ¿Un caballo? Le dejan el más grande, hermoso, fuerte y vigoroso.
14- Con tal fiereza golpea a un caballero en medio del escudo, que me parece que dejó volteados a caballo y caballero, uno encima del otro, sin que el caballero pudiera jamás volver a levantarse: quebrada ya la espalda por el medio, se le reventó en la tripa el corazón. Se echa un poco atrás mi señor Yvain para tomar distancia, y pronto vuelve a la carga, y cubriéndose con el escudo se lanza para abrirse paso. ¡Veríasele derribar a cuatro caballeros en un santiamén, con más facilidad y en menos tiempo de lo que se tarda para contarlos, uno, dos, tres y cuatro!
15- Allí quedó detenido en su huida el conde, pues nadie acudió en su ayuda, y sin súplicas ni dilaciones, le tomó mi señor Yvain juramento de sumisión, porque estando los dos solos, de igual a igual, el conde no tenía defensa ni posibilidad de escapar, o esquivar sus obligaciones; así que le prometió por su honor, que se entregaría a la dama de Norisón, rindiéndose preso y atendiendo a sus condiciones de paz. Después de tomarle juramento, le hizo desarmarse, y quitado el yelmo de la cabeza y el escudo del cuello, se rindió el vencido haciendo entrega de su espada desnuda.
16- Cuando quedaron asentadas estas capitulaciones a gusto de la dama, mi señor Yvain le pidió licencia para irse, cosa que ella nunca le habría otorgado, si él hubiese querido tomarla por esposa o amiga; pero no es el caso: ni siquiera deja que le acompañen y hagan escolta, y se marcha inmediatamente, sin que valga súplica alguna.
17- Mi señor Yvain camina meditabundo por un espeso bosque, cuando oye salir del soto un grito de dolor desgarrado. Se dirige entonces hacia el lugar desde donde había partido el grito, y al llegar a un claro del bosque, ve en el fuego de la artiga a un león, al que una serpiente tenía agarrado por la cola, y le iba quemando la espalda a llamaradas. Sin entretenerse mucho contemplando este prodigio, mi señor Yvain delibera en su fuero interno a cuál de los dos animales prestar ayuda. Ya lo tiene pensado, se pondrá de parte del león, porque a las especies traidoras y venenosas sólo se las debe dañar, y tanta felonía rezuma la serpiente venenífera, que vomita fuego por la boca. Por esta razón, decide mi señor Yvain que lo primero es matarla. Saca la espada y avanza hacia la bestia, el escudo delante de la cara para que no le alcance la llama, que la bestia va echando por una boca más ancha que una olla.
18- Limpia su espada, manchada por el veneno y la inmundicia de la serpiente, y vuelve a envainarla, para reemprender el camino. Sigue su marcha flanqueado por el león, que ya jamás se apartará de su lado: de aquí en adelante, quiere acompañarle siempre, estar a su servicio y protegerle.
19-—¡Nunca quiera Dios —exclama el caballero—, que por culpa mía os hagan ningún daño! ¡Mientras esté en mi poder, jamás moriréis! Podéis fiaros de mí; mañana, habré aunado todas mis fuerzas, para poner mi persona a vuestro servicio y libraros, como es mi obligación. Pero debéis guardaros de cualquier alusión o comentario con la gente sobre mi identidad. Cualquiera que sea el desenlace de esta batalla, cuidad de que no me reconozcan.
20- Entonces salió de un aposento la doncella, hermosa de cuerpo y de rostro muy bello y deleitoso. Caminaba cabizbaja, recatada y calladamente, mirando hacia el suelo, como si no viese nunca el fin de su desgracia; a su lado, iba su madre, pues el señor del castillo les había mandado buscar, para presentárselas a su huésped. Llegaron embozadas en sus mantos, para ocultar sus lágrimas, pero él les manda destaparse la cara y levantar la mirada,
21- Cree enloquecer de rabia el noble señor, al oír a aquel monstruo decirle que deshonrará a su hija haciendo de ella una prostituta, o que matará si no a sus cuatros hijos, ante sus propios ojos. En sus quejas se llama desdichado, infortunado, suspira y llora a lágrima viva. Entonces le habla mi señor Yvain, como caballero de generoso y franco corazón:
—Señor, este gigante en un arrogante felón, que ahora se jacta, al otro lado de la muralla. ¡Pero Dios quiera que jamás se apodere de vuestra hija, a la que despreciaría y envilecería! Sería demasiada desgracia, que una criatura tan hermosa y nacida de tan alto linaje, fuera entregada a mozos pordioseros.
22-—No sería justo —le contestan— callar una proeza tan ejemplar. Cumpliremos con vuestra voluntad, pero sólo queremos preguntaros, señor, a quién podremos atribuir esta hazaña, cuando estemos delante de mi señor Gauvain, si no sabemos cómo os llamáis.
—Cuando estéis en su presencia —les responde mi señor Yvain—, podréis decirle que el Caballero del León os [p. 76 vv. 4281-4343] dije que era mi nombre,
23-—¡Quien tenga miedo, que se marche! Yo no temo a vuestros tres escudos, como para darme por vencido sin combatir. Vosotros esperáis de mí que, sano y salvo, deje campo libre, abandonándoos la plaza, pero no os complaceré. Mientras me quede vida y salud, no huiré ante esta clase de amenazas.
24- En cuanto a aquellos traidores, ardieron en la hoguera encendida para la doncella, porque es de justicia que quien acusa a otro injustamente, tenga que morir de la misma muerte que había sentenciado.
25- Al franquear el umbral([ii]), descubre a toda la mesnada, que sale a su encuentro. Le saludan y ayudan a descabalgar; unos ponen su escudo en el león encima de su escalón, mientras otros se llevan su montura a las caballerizas, y los escuderos, como es su obligación, le quitan y se llevan su arnés. Nada más enterarse de la noticia de su llegada, acude al patio el señor del castillo, para saludarle, seguido de su esposa, hijo y todas sus hijas, a los que acompañan otras muchas gentes.
26-—Señor, he estado buscándoos. La gran fama de vuestra honra me hizo franquear varios reinos, soportando todas las fatigas. Después de tan larga búsqueda, gracias a Dios, me encuentro aquí, en vuestra compañía, y no lamento ninguno de mis males padecidos, ni me quejo, ni los recuerdo siquiera, pues no me pesan ya nada;
27- Era de una belleza tan exquisita aquella doncella que, de haberla mirado, el dios Amor no hubiera permitido que fuera amada por otro. Para ponerse a su servicio, no hubiera dudado en hacerse hombre y en renunciar a su divinidad disparándose en su propio cuerpo el dardo cuya herida es incurable, si no se afana en su cuidado un médico desleal; tal es su naturaleza, que nadie debe intentar curarla hasta descubrir su deslealtad, y quien cura de otra manera no es leal amante.
28- Le sirve la hija del señor en persona, que le atiende con todos los honores debidos a un huésped de calidad; no sólo le quita el arnés, sino que de sus manos, ella misma le lava el cuello, la cara, y el rostro entero. Su padre quiere que le prodiguen todas las señales de consideración, y ella cumple con su deseo. Saca de un arca suya una camisa plisada y calzas blancas; le viste con estas prendas y, con aguja e hilo, le va cosiendo las [p. 96 vv. 5421-5475] mangas.
29-—Señor —contesta—, no quiero ninguna de vuestras posesiones. ¡A este precio no me conceda Dios ni la mínima [p. 97 vv. 5476-5535] parte! Guardad vuestra hija, que de tomarla por esposa el emperador de Alemania quedaría muy satisfecho, porque es muy hermosa y de una educación muy refinada.
30-—Y yo —replica—, os la devuelvo. ¡Quien la quiera, que la tenga! A mí ella no me importa, y no lo digo por desprecio en absoluto. No os debe pesar el que la rechace, pues ni debo ni puedo tomarla por esposa. Pero os lo ruego, liberad, en nombre mío, a las cautivas que retenéis. Ha llegado para ellas, como sabéis, el momento de irse y recobrar la libertad.
31- Mi señor Gauvain ama de verdad a Yvain y le llama compañero, e Yvain lo mismo, esté donde esté, e incluso ahora mismo. ¡Con qué jubilo le acogería al instante, si le reconociera! Por él daría su vida y el otro la suya, antes de permitir que le hiciera daño. ¿No es esto Amor absoluto y perfecto? Sí, ciertamente, pero por otra parte, ¿no resulta flagrante el Odio? Sí, porque es absolutamente cierto que cada uno de ellos, sin lugar a dudas, quisiera romper la cabeza de su rival, o dejarle con tal deshonra, que peor le sería sobrevivir a su fama. A fe mía, es un verdadero prodigio encontrarse juntos Amor y Odio mortal.
32- Y así, con gran gentileza y generosidad los dos caballeros siguen otorgándose uno al otro el trofeo de la victoria, rechazando cada uno para sí la corona, e intentando dar a entender al rey y a todas sus gentes, que han sido vencidos y reconocen su derrota.
33- Entonces todas las gentes, que habían oído de las muchas aventuras del caballero y del león, su inseparable compañero, se percatan que ante sus ojos tienen en persona al [p. 114 vv. 6467-6523] mismo caballero, que había matado al feroz gigante.
34-Cuando ambos quedaron curados, mi señor Yvain, que se había entregado de corazón a Amor, sin posible retorno, comprendió que no podría prolongarse su duelo, porque al final moriría de amor si su dama no se apiadaba del que por ella iba dejando la vida. Resuelve entonces abandonar la corte y marchar solo a llevar la guerra a su fuente. Tal tormenta desencadenará, con rayos, viento y lluvia, que a la fuerza tendrá su dama que hacer las paces con él o jamás dejarán de reinar sobre la fuente tempestad, lluvia y viento.
35- Mi señor Yvain ya ha alcanzado el perdón, y podéis creer que después de tan larga y cruel desesperación, jamás gozó de tanta felicidad. Superadas todas las pruebas, ha logrado ser amado y querido por su dama, que corresponde a su amor. Ya no se acuerda de ninguno de los sufrimientos que le atormentaron, porque los va borrando de su memoria el tierno goce de su amiga.





[i] En la edición impresa se omiten los guiones largos antes y después de “le dice”, y han sido agregados (Nota del editor digital)
[ii] En la versión en papel se lee “umbal” en vez de umbral, errata que corregimos (Nota del editor digital)

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