1-Pronto
monta mi señor Yvain su caballo; no volverá hasta vengar, si puede, la afrenta
de su primo. Corre ahora el escudero hacia el buen caballo y lo monta sin
demora, porque no le faltaba clavo ni herradura. Al galope siguió a su señor
hasta verle: había descabalgado y le esperaba en un sitio apartado del camino
desde hacía algún rato. Le trae su arnés y todo su aparato y él va vistiendo
sus armas.
Mi
señor Yvain, una vez armado, no se concedió descanso y empezó a cabalgar a lo
largo y ancho de los bosques, recorriendo en cada jornada muchos montes y
valles, lugares hostiles y salvajes, franqueando pasos angostos, desfiladeros
traidores y peligrosos, hasta llegar a la estrecha senda tenebrosa, llena de
zarzales: tuvo entonces la certeza de no poder ya extraviarse.
2- Antes
de que terminara aquel concierto, llegó, más encolerizado que brasa ardiente,
un caballero con tanto estrépito como si cazara un ciervo en celo. En cuanto
ambos se vieron, cada uno se lanzó al encuentro del otro, y en sus dos rostros
se leía un mutuo odio a muerte. Armados con sendas lanzas duras y resistentes,
intercambian tan duros golpes, que los dos se atraviesan los escudos de parte a
parte; se desmallan las lorigas, se resquebrajan las lanzas y se hacen trizas,
saltando los pedazos por los aires. Siguen entonces combatiendo con la espada.
Con fragorosas cuchilladas, han cortado las correas de los escudos que,
astillados por todas partes, ya no les sirven para cubrirse: los han destrozado
de tal forma, que ya ensayan sus destellantes espadas contra flancos, caderas y
pechos al descubierto. Se ponen a prueba con toda crueldad y sin ceder un solo
pie de terreno, como si fueran dos rocas; nunca sostuvieron lucha tan
encarnizada dos caballeros empeñados en precipitar su muer [p. 15 vv. 836-897] te. Cuidan de no malgastar sus golpes y los emplean lo mejor posible,
abollados y doblados los yelmos, teñidas con la sangre que se roban las
lorigas, cuyas mallas vuelan hacia el cielo. A cuchilladas se golpean en pleno
rostro. Tan caídas y desmalladas tienen ya las lorigas, que no les protegen el
cuerpo más que si llevasen hábito de monje. Cualquiera se maravillaría viendo
cuánto dura una batalla tan ferozmente dura. Pero ambos tienen tan fiero e
indomable corazón, que ninguno cedería un palmo de terreno sin empujar al otro hasta
la muerte. Lucharon con tanta lealtad, que nunca malhirieron o lastimaron en
parte alguna a sus caballos, y no quisieron apearse ni una sola vez, sino que
siguieron en sus monturas: así resultó más hermosa la batalla.
Al fin,
mi señor Yvain desgajó el yelmo del caballero, que quedó aturdido y
descalabrado; le entró pavor por golpe tal mortal como nunca había recibido;
bajo la cofia de hierro, hendido el cráneo, le salía el cerebro, tiñendo con
sangre las mallas de su brillante loriga.
3-Pero
con sus dulces mieles, le cura y suaviza Amor novel, que ha invadido su feudo y
se ha cobrado su presa: enemiga suya es la dueña de su corazón, pues él ama al
ser que más le odia. Sin saberlo siquiera, la dama ha vengado con creces la
muerte de su esposo, pues mayor venganza se ha tomado de lo que habría
imaginado —ahora ni lo sabe— si Amor no se hubiese encargado de vengarla,
hiriendo a su enemigo con tal dulce requerimiento, que con la mirada le
traspasa el corazón. Tal golpe dura y duele más que los de una lanza o espada:
un golpe de espada pronto cura y sana por arte de un médico, pero herida de
Amor peor se vuelve, cuanto más cerca está su medicina.
Herida
de esta clase lleva mi señor Yvain, de la que nunca curará, porque Amor le ha
subyugado. Amor va trasegando los lugares por donde pasa, y luego se retira,
porque no quiere otro huésped ni hospedaje, y prueba su valor abandonando y
despreciando los lugares conquistados una vez que se le han entregado
4-»¿Cómo
pudo ser esto? ¿De dónde surgió tan gran belleza? Dios la hizo, con su mano
desnuda, para que la Naturaleza se quedase soñando. Podría malgastar todo su
tiempo, si quisiera imitarla, porque ya ni Dios podría volver a [p. 26 vv. 1506-1561] traer al mundo, si se empeñara, semejante criatura ni, creo yo, a nadie
podría enseñar tal modelo, por más que se esforzara...
5-»Además
de ser de tan elevada condición, es de tal valentía, cortesía e ingenio, que
nadie me debe desaconsejar esta unión. Todos, creo yo, habéis oído hablar de mi
señor [p. 38
vv. 2127-2179] Yvain de forma elogiosa, pues él en persona es quien pide mi mano: así
que tomaría por esposo, si llega ese día, a un caballero de más alto linaje que
el de mi propio rango.
6- Mi
señor Yvain se alegraría y sentiría gran satisfacción, si pudiera ahora humillar
a este fanfarrón, al que ha reconocido fácilmente por sus armas. Coge el escudo
por las enarmas, y Kay el suyo. Aguijoneando sus caballos, se lanzan uno contra
otro, bajando las lanzas, que tenían apoyadas en lo alto, hasta sostenerlas
sólo por las empuñaduras. Con tal ansiedad se enfrentan y se esfuerzan con sus
golpes al chocar, que ambas lanzas rompen a la vez, y se les van resquebrajando
en los puños.
Tan
fuerte golpe le asesta a Kay mi señor Yvain, que le hace caerse de la silla,
dar una voltereta e hincársele el yelmo en la tierra. No le quiere infligir más
castigo mi señor Yvain, que ahora descabalga y le quita el caballo a su
adversario.
7-—¡Cómo!
—le decía mi señor Gauvain— ¿Seríais acaso de los que echan a perder su valía
por culpa de su mujer? ¡Por Santa María, quede deshonrado quien se case para
desmerecer! Quien tiene una noble y hermosa dama por amiga o mujer, debe ganar
méritos, pues es justo que ella le deje, si van a menos su fama y su valor.
Tened por cierto que su amor os llegaría a enojar, si fuese motivo de demérito.
Una mujer no vacila en retirar su amor, y está en su derecho, si desprecia al
que ha desmerecido, nada más hacerse señor de su reino.
»Lo más
importante es que se acreciente vuestra honra. Romped el freno y el cabestro, e
iremos a tornear, vos y yo, que no se os pueda llamar cobarde. No debéis soñar
despierto, sino frecuentar torneos, disputar justas, y abandonar todo lo demás,
cueste lo que cueste. Demasiado sueña, quien no se mueve.
8- Ahora
le pide mi señor Yvain licencia para acompañar al rey e irse a tornear, para
que no le llamen cobarde.
[p. 46 vv.
2562-2620]
—Os
concedo, licencia, —le dice—([i]), pero dentro de un cierto plazo. Tened por seguro, que el amor que os
tengo se tornaría en odio, si prolongaseis vuestra ausencia más allá del
término que os fije. Sabed que no admitiré mentiras al respecto, y si vos
mentís, yo mantendré la verdad. Si queréis conservar mi amor, y me tenéis algún
afecto, pensad en volver pronto, por lo que antes de que haya transcurrido un
año, ocho días después de la fiesta de San Juan, en cuya octava entramos hoy.
De mi amor seréis despojado y apartado, si no estáis de vuelta aquí a mi lado,
antes de ese día.
9- Mi
señor Yvain, a duras penas, se ha separado de su amiga, pero su corazón no se
aparta de ella. El rey puede llevarse su cuerpo, pero de su corazón no se
llevará ninguna parcela, porque permanece tan estrechamente ligado al corazón
de la abandonada, que no hay poder que se lo lleve.
10- Crece
mientras, para el desdichado, el desasosiego hasta tal punto, que todo lo que
ve le apena, que cuanto oye le enoja, y desearía haber huido, encontrarse solo
en una tierra tan salvaje que no se supiera dónde buscarle, ni existiera alma
viviente con más noticias suyas que si se hubiese hundido en un abismo. No hay
nada en el mundo que odie tanto como a sí mismo, y se pre [p. 50 vv. 2790-2843] gunta quién podría ofrecerle consuelo, cuando él es el artífice de su
propia pérdida. Pero antes preferiría desangrarse hasta la muerte, que dejar de
tomar venganza de sí mismo, por haberse despojado de su dicha.
11- Llevando
esta vida de loco salvaje, iba vagando por el bosque desde hacía cierto tiempo,
cuando encontró una casa bajita y pequeña que era de un ermitaño. Su dueño
andaba artigando el bosque con fuego, para desbrozarlo. Cuando vio el ermitaño
aquel hombre desnudo, se dio cuenta sin lugar a dudas de que no tenía uso de
razón, y convencido de que se trataba de un loco, se metió todo asustado en su
choza. Sin embargo, por caridad, cogió el santo varón un pedazo de su pan y un
cántaro de agua fresca, y lo dejó afuera, en el borde de una ventana estrecha.
Se acerca entonces el pobre hambriento, con unas ganas enormes de coger el pan
e hincarle el diente. Creo que jamás había probado pan tan áspero y tan poco
refinado, seguro que no [p.
51 vv. 2844-2902] costaría más de cinco sueldos el
sextario de grano con que se hizo, pues era más amargo que la levadura, amasado
con cebada y paja, enmohecido y seco como la corteza de un árbol. Pero el
hambre, cuando es ya tan apremiante y sin medida, empuja a comer cualquier
cosa. Así que mi señor Yvain se apresuró a comer el pan del ermitaño, que le supo
a gloria, y se bebió el agua fresca del cántaro.
Nada
más comer, volvió al bosque en busca de ciervos y ciervas. Cuando le ve irse el
santo varón, que seguía bajo techo, ruega a Dios que le guarde y proteja, para
que no vuelva a aparecer por sus lares aquel demente. Pero nadie que tenga un
mínimo de sentido común, deja de volver de buen grado al lugar donde le han
hecho algún bien; así que desde entonces, y mientras siguió poseído por aquel
delirio furioso, nunca dejó pasar más de ocho días sin colocar delante de su
puerta alguna bestia salvaje que hubiera cazado. Desde entonces, esta vida
llevó: el ermitaño se encargaba de desollar las piezas de caza y guisarlas en
cantidad suficiente; cada día estaban en la ventana el pan y el cántaro de
agua, para aplacar al furioso, y además tenía para comer su propia caza, aunque
fuera sin sal ni pimienta, y agua fresca de la fuente para beber.
12- Transcurrieron
semanas, con su buena ración de pan y caza, hasta que un buen día le
encontraron durmiendo en el bosque dos doncellas, que iban en compañía de una
dama, a cuya mesnada pertenecían. Al ver a aquel hombre desnudo, una de las
tres descabalga y corre hacia él. Le estuvo mirando mucho tiempo, antes de
distinguir en su cuerpo alguna señal que le permitiera reconocerle, y sin
embargo, ella que tanto le había visto, pronto le habría reconocido si hubiese
vestido el rico atuendo que siempre solía llevar. Tardó mucho en reconocerle,
pero a fuerza de examinarle, distinguió en su cara la larga huella de una
herida. Mi señor Yvain llevaba idéntica señal, ella lo sabía por habérsela
visto a menudo. Por aquella cicatriz lo ha reconocido, y que es él en persona
no lo duda un instante, pero le sorprende mu [p. 52 vv. 2903-2964] cho
encontrarle en tan distinto estado de pobreza y desnudez. Se persigna ante tan
extraño hecho y sin tocarle ni despertarle, vuelve a montar a caballo, para
reunirse con las demás y narrarles llorando su aventura.
13- Del
bálsamo ya no se vuelve a hablar y ambas rodean a mi señor Yvain con todas las
atenciones habidas y por haber: le dan un baño, le lavan la cabeza, le afeitan
—pues se le podían haber arrancado de la cara puñados de barba— le frotan y le
vuelven a frotar, con aceites y perfumes. No hay deseo suyo que no se apresuren
a satisfacer: ¿Quiere armas? En seguida se las proporcionan. ¿Un caballo? Le
dejan el más grande, hermoso, fuerte y vigoroso.
14- Con
tal fiereza golpea a un caballero en medio del escudo, que me parece que dejó
volteados a caballo y caballero, uno encima del otro, sin que el caballero
pudiera jamás volver a levantarse: quebrada ya la espalda por el medio, se le
reventó en la tripa el corazón. Se echa un poco atrás mi señor Yvain para tomar
distancia, y pronto vuelve a la carga, y cubriéndose con el escudo se lanza
para abrirse paso. ¡Veríasele derribar a cuatro caballeros en un santiamén, con
más facilidad y en menos tiempo de lo que se tarda para contarlos, uno, dos,
tres y cuatro!
15- Allí
quedó detenido en su huida el conde, pues nadie acudió en su ayuda, y sin
súplicas ni dilaciones, le tomó mi señor Yvain juramento de sumisión, porque
estando los dos solos, de igual a igual, el conde no tenía defensa ni
posibilidad de escapar, o esquivar sus obligaciones; así que le prometió por su
honor, que se entregaría a la dama de Norisón, rindiéndose preso y atendiendo a
sus condiciones de paz. Después de tomarle juramento, le hizo desarmarse, y
quitado el yelmo de la cabeza y el escudo del cuello, se rindió el vencido
haciendo entrega de su espada desnuda.
16- Cuando
quedaron asentadas estas capitulaciones a gusto de la dama, mi señor Yvain le
pidió licencia para irse, cosa que ella nunca le habría otorgado, si él hubiese
querido tomarla por esposa o amiga; pero no es el caso: ni siquiera deja que le
acompañen y hagan escolta, y se marcha inmediatamente, sin que valga súplica
alguna.
17- Mi
señor Yvain camina meditabundo por un espeso bosque, cuando oye salir del soto
un grito de dolor desgarrado. Se dirige entonces hacia el lugar desde donde
había partido el grito, y al llegar a un claro del bosque, ve en el fuego de la
artiga a un león, al que una serpiente tenía agarrado por la cola, y le iba
quemando la espalda a llamaradas. Sin entretenerse mucho contemplando este
prodigio, mi señor Yvain delibera en su fuero interno a cuál de los dos
animales prestar ayuda. Ya lo tiene pensado, se pondrá de parte del león,
porque a las especies traidoras y venenosas sólo se las debe dañar, y tanta
felonía rezuma la serpiente venenífera, que vomita fuego por la boca. Por esta
razón, decide mi señor Yvain que lo primero es matarla. Saca la espada y avanza
hacia la bestia, el escudo delante de la cara para que no le alcance la llama,
que la bestia va echando por una boca más ancha que una olla.
18- Limpia
su espada, manchada por el veneno y la inmundicia de la serpiente, y vuelve a
envainarla, para reemprender el camino. Sigue su marcha flanqueado por el león,
que ya jamás se apartará de su lado: de aquí en adelante, quiere acompañarle
siempre, estar a su servicio y protegerle.
19-—¡Nunca
quiera Dios —exclama el caballero—, que por culpa mía os hagan ningún daño!
¡Mientras esté en mi poder, jamás moriréis! Podéis fiaros de mí; mañana, habré
aunado todas mis fuerzas, para poner mi persona a vuestro servicio y libraros,
como es mi obligación. Pero debéis guardaros de cualquier alusión o comentario
con la gente sobre mi identidad. Cualquiera que sea el desenlace de esta
batalla, cuidad de que no me reconozcan.
20- Entonces
salió de un aposento la doncella, hermosa de cuerpo y de rostro muy bello y
deleitoso. Caminaba cabizbaja, recatada y calladamente, mirando hacia el suelo,
como si no viese nunca el fin de su desgracia; a su lado, iba su madre, pues el
señor del castillo les había mandado buscar, para presentárselas a su huésped.
Llegaron embozadas en sus mantos, para ocultar sus lágrimas, pero él les manda
destaparse la cara y levantar la mirada,
21- Cree
enloquecer de rabia el noble señor, al oír a aquel monstruo decirle que
deshonrará a su hija haciendo de ella una prostituta, o que matará si no a sus
cuatros hijos, ante sus propios ojos. En sus quejas se llama desdichado,
infortunado, suspira y llora a lágrima viva. Entonces le habla mi señor Yvain,
como caballero de generoso y franco corazón:
—Señor,
este gigante en un arrogante felón, que ahora se jacta, al otro lado de la
muralla. ¡Pero Dios quiera que jamás se apodere de vuestra hija, a la que
despreciaría y envilecería! Sería demasiada desgracia, que una criatura tan
hermosa y nacida de tan alto linaje, fuera entregada a mozos pordioseros.
22-—No
sería justo —le contestan— callar una proeza tan ejemplar. Cumpliremos con
vuestra voluntad, pero sólo queremos preguntaros, señor, a quién podremos
atribuir esta hazaña, cuando estemos delante de mi señor Gauvain, si no sabemos
cómo os llamáis.
—Cuando
estéis en su presencia —les responde mi señor Yvain—, podréis decirle que el
Caballero del León os [p.
76 vv. 4281-4343] dije que era mi nombre,
23-—¡Quien
tenga miedo, que se marche! Yo no temo a vuestros tres escudos, como para darme
por vencido sin combatir. Vosotros esperáis de mí que, sano y salvo, deje campo
libre, abandonándoos la plaza, pero no os complaceré. Mientras me quede vida y
salud, no huiré ante esta clase de amenazas.
24- En
cuanto a aquellos traidores, ardieron en la hoguera encendida para la doncella,
porque es de justicia que quien acusa a otro injustamente, tenga que morir de
la misma muerte que había sentenciado.
25- Al
franquear el umbral([ii]), descubre a toda la mesnada, que sale a su encuentro. Le saludan y
ayudan a descabalgar; unos ponen su escudo en el león encima de su escalón,
mientras otros se llevan su montura a las caballerizas, y los escuderos, como
es su obligación, le quitan y se llevan su arnés. Nada más enterarse de la noticia
de su llegada, acude al patio el señor del castillo, para saludarle, seguido de
su esposa, hijo y todas sus hijas, a los que acompañan otras muchas gentes.
26-—Señor,
he estado buscándoos. La gran fama de vuestra honra me hizo franquear varios
reinos, soportando todas las fatigas. Después de tan larga búsqueda, gracias a
Dios, me encuentro aquí, en vuestra compañía, y no lamento ninguno de mis males
padecidos, ni me quejo, ni los recuerdo siquiera, pues no me pesan ya nada;
27- Era
de una belleza tan exquisita aquella doncella que, de haberla mirado, el dios
Amor no hubiera permitido que fuera amada por otro. Para ponerse a su servicio,
no hubiera dudado en hacerse hombre y en renunciar a su divinidad disparándose
en su propio cuerpo el dardo cuya herida es incurable, si no se afana en su
cuidado un médico desleal; tal es su naturaleza, que nadie debe intentar
curarla hasta descubrir su deslealtad, y quien cura de otra manera no es leal
amante.
28- Le sirve la hija del señor en persona, que
le atiende con todos los honores debidos a un huésped de calidad; no sólo le
quita el arnés, sino que de sus manos, ella misma le lava el cuello, la cara, y
el rostro entero. Su padre quiere que le prodiguen todas las señales de
consideración, y ella cumple con su deseo. Saca de un arca suya una camisa
plisada y calzas blancas; le viste con estas prendas y, con aguja e hilo, le va
cosiendo las [p. 96 vv. 5421-5475] mangas.
29-—Señor —contesta—, no quiero ninguna de vuestras posesiones. ¡A este
precio no me conceda Dios ni la mínima [p. 97 vv. 5476-5535] parte!
Guardad vuestra hija, que de tomarla por esposa el emperador de Alemania
quedaría muy satisfecho, porque es muy hermosa y de una educación muy refinada.
30-—Y
yo —replica—, os la devuelvo. ¡Quien la quiera, que la tenga! A mí ella no me
importa, y no lo digo por desprecio en absoluto. No os debe pesar el que la
rechace, pues ni debo ni puedo tomarla por esposa. Pero os lo ruego, liberad,
en nombre mío, a las cautivas que retenéis. Ha llegado para ellas, como sabéis,
el momento de irse y recobrar la libertad.
31- Mi señor Gauvain ama de verdad a Yvain y le
llama compañero, e Yvain lo mismo, esté donde esté, e incluso ahora mismo. ¡Con
qué jubilo le acogería al instante, si le reconociera! Por él daría su vida y
el otro la suya, antes de permitir que le hiciera daño. ¿No es esto Amor
absoluto y perfecto? Sí, ciertamente, pero por otra parte, ¿no resulta
flagrante el Odio? Sí, porque es absolutamente cierto que cada uno de ellos,
sin lugar a dudas, quisiera romper la cabeza de su rival, o dejarle con tal
deshonra, que peor le sería sobrevivir a su fama. A fe mía, es un verdadero
prodigio encontrarse juntos Amor y Odio mortal.
32- Y así, con gran gentileza y
generosidad los dos caballeros siguen otorgándose uno al otro el trofeo de la
victoria, rechazando cada uno para sí la corona, e intentando dar a entender al
rey y a todas sus gentes, que han sido vencidos y reconocen su derrota.
33- Entonces
todas las gentes, que habían oído de las muchas aventuras del caballero y del
león, su inseparable compañero, se percatan que ante sus ojos tienen en persona
al [p. 114 vv. 6467-6523] mismo caballero, que había matado al feroz gigante.
34-Cuando
ambos quedaron curados, mi señor Yvain, que se había entregado de corazón a
Amor, sin posible retorno, comprendió que no podría prolongarse su duelo,
porque al final moriría de amor si su dama no se apiadaba del que por ella iba
dejando la vida. Resuelve entonces abandonar la corte y marchar solo a llevar
la guerra a su fuente. Tal tormenta desencadenará, con rayos, viento y lluvia,
que a la fuerza tendrá su dama que hacer las paces con él o jamás dejarán de
reinar sobre la fuente tempestad, lluvia y viento.
35- Mi
señor Yvain ya ha alcanzado el perdón, y podéis creer que después de tan larga
y cruel desesperación, jamás gozó de tanta felicidad. Superadas todas las
pruebas, ha logrado ser amado y querido por su dama, que corresponde a su amor.
Ya no se acuerda de ninguno de los sufrimientos que le atormentaron, porque los
va borrando de su memoria el tierno goce de su amiga.
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