miércoles, 30 de abril de 2014

5to año-

CONEJO
Y cualquiera que escandalizare a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.
MATEO, XVIII: 6
No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al final es parecido a las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de bobas, eso es lo que tienen.
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y en­tonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteo­jos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, míren­lo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los gran­des también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tran­quilo y les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos aden­tro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un ju­guete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la ma­ñana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en se­guida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas pa­labras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen jun­tos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro ha­cer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la ba­sura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que vi­niera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de rega­lo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenes que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuen­ta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para ha­blar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, por­que yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me an­toja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenes no es na­da linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ga­nar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escu­pa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la ba­rriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…


lunes, 14 de abril de 2014

6to-.fragmentos de El Caballero del león.

1-Pronto monta mi señor Yvain su caballo; no volverá hasta vengar, si puede, la afrenta de su primo. Corre ahora el escudero hacia el buen caballo y lo monta sin demora, porque no le faltaba clavo ni herradura. Al galope siguió a su señor hasta verle: había descabalgado y le esperaba en un sitio apartado del camino desde hacía algún rato. Le trae su arnés y todo su aparato y él va vistiendo sus armas.
Mi señor Yvain, una vez armado, no se concedió descanso y empezó a cabalgar a lo largo y ancho de los bosques, recorriendo en cada jornada muchos montes y valles, lugares hostiles y salvajes, franqueando pasos angostos, desfiladeros traidores y peligrosos, hasta llegar a la estrecha senda tenebrosa, llena de zarzales: tuvo entonces la certeza de no poder ya extraviarse.

2- Antes de que terminara aquel concierto, llegó, más encolerizado que brasa ardiente, un caballero con tanto estrépito como si cazara un ciervo en celo. En cuanto ambos se vieron, cada uno se lanzó al encuentro del otro, y en sus dos rostros se leía un mutuo odio a muerte. Armados con sendas lanzas duras y resistentes, intercambian tan duros golpes, que los dos se atraviesan los escudos de parte a parte; se desmallan las lorigas, se resquebrajan las lanzas y se hacen trizas, saltando los pedazos por los aires. Siguen entonces combatiendo con la espada. Con fragorosas cuchilladas, han cortado las correas de los escudos que, astillados por todas partes, ya no les sirven para cubrirse: los han destrozado de tal forma, que ya ensayan sus destellantes espadas contra flancos, caderas y pechos al descubierto. Se ponen a prueba con toda crueldad y sin ceder un solo pie de terreno, como si fueran dos rocas; nunca sostuvieron lucha tan encarnizada dos caballeros empeñados en precipitar su muer [p. 15 vv. 836-897] te. Cuidan de no malgastar sus golpes y los emplean lo mejor posible, abollados y doblados los yelmos, teñidas con la sangre que se roban las lorigas, cuyas mallas vuelan hacia el cielo. A cuchilladas se golpean en pleno rostro. Tan caídas y desmalladas tienen ya las lorigas, que no les protegen el cuerpo más que si llevasen hábito de monje. Cualquiera se maravillaría viendo cuánto dura una batalla tan ferozmente dura. Pero ambos tienen tan fiero e indomable corazón, que ninguno cedería un palmo de terreno sin empujar al otro hasta la muerte. Lucharon con tanta lealtad, que nunca malhirieron o lastimaron en parte alguna a sus caballos, y no quisieron apearse ni una sola vez, sino que siguieron en sus monturas: así resultó más hermosa la batalla.
Al fin, mi señor Yvain desgajó el yelmo del caballero, que quedó aturdido y descalabrado; le entró pavor por golpe tal mortal como nunca había recibido; bajo la cofia de hierro, hendido el cráneo, le salía el cerebro, tiñendo con sangre las mallas de su brillante loriga.

3-Pero con sus dulces mieles, le cura y suaviza Amor novel, que ha invadido su feudo y se ha cobrado su presa: enemiga suya es la dueña de su corazón, pues él ama al ser que más le odia. Sin saberlo siquiera, la dama ha vengado con creces la muerte de su esposo, pues mayor venganza se ha tomado de lo que habría imaginado —ahora ni lo sabe— si Amor no se hubiese encargado de vengarla, hiriendo a su enemigo con tal dulce requerimiento, que con la mirada le traspasa el corazón. Tal golpe dura y duele más que los de una lanza o espada: un golpe de espada pronto cura y sana por arte de un médico, pero herida de Amor peor se vuelve, cuanto más cerca está su medicina.

Herida de esta clase lleva mi señor Yvain, de la que nunca curará, porque Amor le ha subyugado. Amor va trasegando los lugares por donde pasa, y luego se retira, porque no quiere otro huésped ni hospedaje, y prueba su valor abandonando y despreciando los lugares conquistados una vez que se le han entregado
4-»¿Cómo pudo ser esto? ¿De dónde surgió tan gran belleza? Dios la hizo, con su mano desnuda, para que la Naturaleza se quedase soñando. Podría malgastar todo su tiempo, si quisiera imitarla, porque ya ni Dios podría volver a [p. 26 vv. 1506-1561] traer al mundo, si se empeñara, semejante criatura ni, creo yo, a nadie podría enseñar tal modelo, por más que se esforzara...
5-»Además de ser de tan elevada condición, es de tal valentía, cortesía e ingenio, que nadie me debe desaconsejar esta unión. Todos, creo yo, habéis oído hablar de mi señor [p. 38 vv. 2127-2179] Yvain de forma elogiosa, pues él en persona es quien pide mi mano: así que tomaría por esposo, si llega ese día, a un caballero de más alto linaje que el de mi propio rango.
6- Mi señor Yvain se alegraría y sentiría gran satisfacción, si pudiera ahora humillar a este fanfarrón, al que ha reconocido fácilmente por sus armas. Coge el escudo por las enarmas, y Kay el suyo. Aguijoneando sus caballos, se lanzan uno contra otro, bajando las lanzas, que tenían apoyadas en lo alto, hasta sostenerlas sólo por las empuñaduras. Con tal ansiedad se enfrentan y se esfuerzan con sus golpes al chocar, que ambas lanzas rompen a la vez, y se les van resquebrajando en los puños.
Tan fuerte golpe le asesta a Kay mi señor Yvain, que le hace caerse de la silla, dar una voltereta e hincársele el yelmo en la tierra. No le quiere infligir más castigo mi señor Yvain, que ahora descabalga y le quita el caballo a su adversario.
7-—¡Cómo! —le decía mi señor Gauvain— ¿Seríais acaso de los que echan a perder su valía por culpa de su mujer? ¡Por Santa María, quede deshonrado quien se case para desmerecer! Quien tiene una noble y hermosa dama por amiga o mujer, debe ganar méritos, pues es justo que ella le deje, si van a menos su fama y su valor. Tened por cierto que su amor os llegaría a enojar, si fuese motivo de demérito. Una mujer no vacila en retirar su amor, y está en su derecho, si desprecia al que ha desmerecido, nada más hacerse señor de su reino.
»Lo más importante es que se acreciente vuestra honra. Romped el freno y el cabestro, e iremos a tornear, vos y yo, que no se os pueda llamar cobarde. No debéis soñar despierto, sino frecuentar torneos, disputar justas, y abandonar todo lo demás, cueste lo que cueste. Demasiado sueña, quien no se mueve.
8- Ahora le pide mi señor Yvain licencia para acompañar al rey e irse a tornear, para que no le llamen cobarde.
[p. 46 vv. 2562-2620]
—Os concedo, licencia, —le dice—([i]), pero dentro de un cierto plazo. Tened por seguro, que el amor que os tengo se tornaría en odio, si prolongaseis vuestra ausencia más allá del término que os fije. Sabed que no admitiré mentiras al respecto, y si vos mentís, yo mantendré la verdad. Si queréis conservar mi amor, y me tenéis algún afecto, pensad en volver pronto, por lo que antes de que haya transcurrido un año, ocho días después de la fiesta de San Juan, en cuya octava entramos hoy. De mi amor seréis despojado y apartado, si no estáis de vuelta aquí a mi lado, antes de ese día.
9- Mi señor Yvain, a duras penas, se ha separado de su amiga, pero su corazón no se aparta de ella. El rey puede llevarse su cuerpo, pero de su corazón no se llevará ninguna parcela, porque permanece tan estrechamente ligado al corazón de la abandonada, que no hay poder que se lo lleve.
10- Crece mientras, para el desdichado, el desasosiego hasta tal punto, que todo lo que ve le apena, que cuanto oye le enoja, y desearía haber huido, encontrarse solo en una tierra tan salvaje que no se supiera dónde buscarle, ni existiera alma viviente con más noticias suyas que si se hubiese hundido en un abismo. No hay nada en el mundo que odie tanto como a sí mismo, y se pre [p. 50 vv. 2790-2843] gunta quién podría ofrecerle consuelo, cuando él es el artífice de su propia pérdida. Pero antes preferiría desangrarse hasta la muerte, que dejar de tomar venganza de sí mismo, por haberse despojado de su dicha.
11- Llevando esta vida de loco salvaje, iba vagando por el bosque desde hacía cierto tiempo, cuando encontró una casa bajita y pequeña que era de un ermitaño. Su dueño andaba artigando el bosque con fuego, para desbrozarlo. Cuando vio el ermitaño aquel hombre desnudo, se dio cuenta sin lugar a dudas de que no tenía uso de razón, y convencido de que se trataba de un loco, se metió todo asustado en su choza. Sin embargo, por caridad, cogió el santo varón un pedazo de su pan y un cántaro de agua fresca, y lo dejó afuera, en el borde de una ventana estrecha. Se acerca entonces el pobre hambriento, con unas ganas enormes de coger el pan e hincarle el diente. Creo que jamás había probado pan tan áspero y tan poco refinado, seguro que no [p. 51 vv. 2844-2902] costaría más de cinco sueldos el sextario de grano con que se hizo, pues era más amargo que la levadura, amasado con cebada y paja, enmohecido y seco como la corteza de un árbol. Pero el hambre, cuando es ya tan apremiante y sin medida, empuja a comer cualquier cosa. Así que mi señor Yvain se apresuró a comer el pan del ermitaño, que le supo a gloria, y se bebió el agua fresca del cántaro.
Nada más comer, volvió al bosque en busca de ciervos y ciervas. Cuando le ve irse el santo varón, que seguía bajo techo, ruega a Dios que le guarde y proteja, para que no vuelva a aparecer por sus lares aquel demente. Pero nadie que tenga un mínimo de sentido común, deja de volver de buen grado al lugar donde le han hecho algún bien; así que desde entonces, y mientras siguió poseído por aquel delirio furioso, nunca dejó pasar más de ocho días sin colocar delante de su puerta alguna bestia salvaje que hubiera cazado. Desde entonces, esta vida llevó: el ermitaño se encargaba de desollar las piezas de caza y guisarlas en cantidad suficiente; cada día estaban en la ventana el pan y el cántaro de agua, para aplacar al furioso, y además tenía para comer su propia caza, aunque fuera sin sal ni pimienta, y agua fresca de la fuente para beber.
12- Transcurrieron semanas, con su buena ración de pan y caza, hasta que un buen día le encontraron durmiendo en el bosque dos doncellas, que iban en compañía de una dama, a cuya mesnada pertenecían. Al ver a aquel hombre desnudo, una de las tres descabalga y corre hacia él. Le estuvo mirando mucho tiempo, antes de distinguir en su cuerpo alguna señal que le permitiera reconocerle, y sin embargo, ella que tanto le había visto, pronto le habría reconocido si hubiese vestido el rico atuendo que siempre solía llevar. Tardó mucho en reconocerle, pero a fuerza de examinarle, distinguió en su cara la larga huella de una herida. Mi señor Yvain llevaba idéntica señal, ella lo sabía por habérsela visto a menudo. Por aquella cicatriz lo ha reconocido, y que es él en persona no lo duda un instante, pero le sorprende mu [p. 52 vv. 2903-2964] cho encontrarle en tan distinto estado de pobreza y desnudez. Se persigna ante tan extraño hecho y sin tocarle ni despertarle, vuelve a montar a caballo, para reunirse con las demás y narrarles llorando su aventura.
13- Del bálsamo ya no se vuelve a hablar y ambas rodean a mi señor Yvain con todas las atenciones habidas y por haber: le dan un baño, le lavan la cabeza, le afeitan —pues se le podían haber arrancado de la cara puñados de barba— le frotan y le vuelven a frotar, con aceites y perfumes. No hay deseo suyo que no se apresuren a satisfacer: ¿Quiere armas? En seguida se las proporcionan. ¿Un caballo? Le dejan el más grande, hermoso, fuerte y vigoroso.
14- Con tal fiereza golpea a un caballero en medio del escudo, que me parece que dejó volteados a caballo y caballero, uno encima del otro, sin que el caballero pudiera jamás volver a levantarse: quebrada ya la espalda por el medio, se le reventó en la tripa el corazón. Se echa un poco atrás mi señor Yvain para tomar distancia, y pronto vuelve a la carga, y cubriéndose con el escudo se lanza para abrirse paso. ¡Veríasele derribar a cuatro caballeros en un santiamén, con más facilidad y en menos tiempo de lo que se tarda para contarlos, uno, dos, tres y cuatro!
15- Allí quedó detenido en su huida el conde, pues nadie acudió en su ayuda, y sin súplicas ni dilaciones, le tomó mi señor Yvain juramento de sumisión, porque estando los dos solos, de igual a igual, el conde no tenía defensa ni posibilidad de escapar, o esquivar sus obligaciones; así que le prometió por su honor, que se entregaría a la dama de Norisón, rindiéndose preso y atendiendo a sus condiciones de paz. Después de tomarle juramento, le hizo desarmarse, y quitado el yelmo de la cabeza y el escudo del cuello, se rindió el vencido haciendo entrega de su espada desnuda.
16- Cuando quedaron asentadas estas capitulaciones a gusto de la dama, mi señor Yvain le pidió licencia para irse, cosa que ella nunca le habría otorgado, si él hubiese querido tomarla por esposa o amiga; pero no es el caso: ni siquiera deja que le acompañen y hagan escolta, y se marcha inmediatamente, sin que valga súplica alguna.
17- Mi señor Yvain camina meditabundo por un espeso bosque, cuando oye salir del soto un grito de dolor desgarrado. Se dirige entonces hacia el lugar desde donde había partido el grito, y al llegar a un claro del bosque, ve en el fuego de la artiga a un león, al que una serpiente tenía agarrado por la cola, y le iba quemando la espalda a llamaradas. Sin entretenerse mucho contemplando este prodigio, mi señor Yvain delibera en su fuero interno a cuál de los dos animales prestar ayuda. Ya lo tiene pensado, se pondrá de parte del león, porque a las especies traidoras y venenosas sólo se las debe dañar, y tanta felonía rezuma la serpiente venenífera, que vomita fuego por la boca. Por esta razón, decide mi señor Yvain que lo primero es matarla. Saca la espada y avanza hacia la bestia, el escudo delante de la cara para que no le alcance la llama, que la bestia va echando por una boca más ancha que una olla.
18- Limpia su espada, manchada por el veneno y la inmundicia de la serpiente, y vuelve a envainarla, para reemprender el camino. Sigue su marcha flanqueado por el león, que ya jamás se apartará de su lado: de aquí en adelante, quiere acompañarle siempre, estar a su servicio y protegerle.
19-—¡Nunca quiera Dios —exclama el caballero—, que por culpa mía os hagan ningún daño! ¡Mientras esté en mi poder, jamás moriréis! Podéis fiaros de mí; mañana, habré aunado todas mis fuerzas, para poner mi persona a vuestro servicio y libraros, como es mi obligación. Pero debéis guardaros de cualquier alusión o comentario con la gente sobre mi identidad. Cualquiera que sea el desenlace de esta batalla, cuidad de que no me reconozcan.
20- Entonces salió de un aposento la doncella, hermosa de cuerpo y de rostro muy bello y deleitoso. Caminaba cabizbaja, recatada y calladamente, mirando hacia el suelo, como si no viese nunca el fin de su desgracia; a su lado, iba su madre, pues el señor del castillo les había mandado buscar, para presentárselas a su huésped. Llegaron embozadas en sus mantos, para ocultar sus lágrimas, pero él les manda destaparse la cara y levantar la mirada,
21- Cree enloquecer de rabia el noble señor, al oír a aquel monstruo decirle que deshonrará a su hija haciendo de ella una prostituta, o que matará si no a sus cuatros hijos, ante sus propios ojos. En sus quejas se llama desdichado, infortunado, suspira y llora a lágrima viva. Entonces le habla mi señor Yvain, como caballero de generoso y franco corazón:
—Señor, este gigante en un arrogante felón, que ahora se jacta, al otro lado de la muralla. ¡Pero Dios quiera que jamás se apodere de vuestra hija, a la que despreciaría y envilecería! Sería demasiada desgracia, que una criatura tan hermosa y nacida de tan alto linaje, fuera entregada a mozos pordioseros.
22-—No sería justo —le contestan— callar una proeza tan ejemplar. Cumpliremos con vuestra voluntad, pero sólo queremos preguntaros, señor, a quién podremos atribuir esta hazaña, cuando estemos delante de mi señor Gauvain, si no sabemos cómo os llamáis.
—Cuando estéis en su presencia —les responde mi señor Yvain—, podréis decirle que el Caballero del León os [p. 76 vv. 4281-4343] dije que era mi nombre,
23-—¡Quien tenga miedo, que se marche! Yo no temo a vuestros tres escudos, como para darme por vencido sin combatir. Vosotros esperáis de mí que, sano y salvo, deje campo libre, abandonándoos la plaza, pero no os complaceré. Mientras me quede vida y salud, no huiré ante esta clase de amenazas.
24- En cuanto a aquellos traidores, ardieron en la hoguera encendida para la doncella, porque es de justicia que quien acusa a otro injustamente, tenga que morir de la misma muerte que había sentenciado.
25- Al franquear el umbral([ii]), descubre a toda la mesnada, que sale a su encuentro. Le saludan y ayudan a descabalgar; unos ponen su escudo en el león encima de su escalón, mientras otros se llevan su montura a las caballerizas, y los escuderos, como es su obligación, le quitan y se llevan su arnés. Nada más enterarse de la noticia de su llegada, acude al patio el señor del castillo, para saludarle, seguido de su esposa, hijo y todas sus hijas, a los que acompañan otras muchas gentes.
26-—Señor, he estado buscándoos. La gran fama de vuestra honra me hizo franquear varios reinos, soportando todas las fatigas. Después de tan larga búsqueda, gracias a Dios, me encuentro aquí, en vuestra compañía, y no lamento ninguno de mis males padecidos, ni me quejo, ni los recuerdo siquiera, pues no me pesan ya nada;
27- Era de una belleza tan exquisita aquella doncella que, de haberla mirado, el dios Amor no hubiera permitido que fuera amada por otro. Para ponerse a su servicio, no hubiera dudado en hacerse hombre y en renunciar a su divinidad disparándose en su propio cuerpo el dardo cuya herida es incurable, si no se afana en su cuidado un médico desleal; tal es su naturaleza, que nadie debe intentar curarla hasta descubrir su deslealtad, y quien cura de otra manera no es leal amante.
28- Le sirve la hija del señor en persona, que le atiende con todos los honores debidos a un huésped de calidad; no sólo le quita el arnés, sino que de sus manos, ella misma le lava el cuello, la cara, y el rostro entero. Su padre quiere que le prodiguen todas las señales de consideración, y ella cumple con su deseo. Saca de un arca suya una camisa plisada y calzas blancas; le viste con estas prendas y, con aguja e hilo, le va cosiendo las [p. 96 vv. 5421-5475] mangas.
29-—Señor —contesta—, no quiero ninguna de vuestras posesiones. ¡A este precio no me conceda Dios ni la mínima [p. 97 vv. 5476-5535] parte! Guardad vuestra hija, que de tomarla por esposa el emperador de Alemania quedaría muy satisfecho, porque es muy hermosa y de una educación muy refinada.
30-—Y yo —replica—, os la devuelvo. ¡Quien la quiera, que la tenga! A mí ella no me importa, y no lo digo por desprecio en absoluto. No os debe pesar el que la rechace, pues ni debo ni puedo tomarla por esposa. Pero os lo ruego, liberad, en nombre mío, a las cautivas que retenéis. Ha llegado para ellas, como sabéis, el momento de irse y recobrar la libertad.
31- Mi señor Gauvain ama de verdad a Yvain y le llama compañero, e Yvain lo mismo, esté donde esté, e incluso ahora mismo. ¡Con qué jubilo le acogería al instante, si le reconociera! Por él daría su vida y el otro la suya, antes de permitir que le hiciera daño. ¿No es esto Amor absoluto y perfecto? Sí, ciertamente, pero por otra parte, ¿no resulta flagrante el Odio? Sí, porque es absolutamente cierto que cada uno de ellos, sin lugar a dudas, quisiera romper la cabeza de su rival, o dejarle con tal deshonra, que peor le sería sobrevivir a su fama. A fe mía, es un verdadero prodigio encontrarse juntos Amor y Odio mortal.
32- Y así, con gran gentileza y generosidad los dos caballeros siguen otorgándose uno al otro el trofeo de la victoria, rechazando cada uno para sí la corona, e intentando dar a entender al rey y a todas sus gentes, que han sido vencidos y reconocen su derrota.
33- Entonces todas las gentes, que habían oído de las muchas aventuras del caballero y del león, su inseparable compañero, se percatan que ante sus ojos tienen en persona al [p. 114 vv. 6467-6523] mismo caballero, que había matado al feroz gigante.
34-Cuando ambos quedaron curados, mi señor Yvain, que se había entregado de corazón a Amor, sin posible retorno, comprendió que no podría prolongarse su duelo, porque al final moriría de amor si su dama no se apiadaba del que por ella iba dejando la vida. Resuelve entonces abandonar la corte y marchar solo a llevar la guerra a su fuente. Tal tormenta desencadenará, con rayos, viento y lluvia, que a la fuerza tendrá su dama que hacer las paces con él o jamás dejarán de reinar sobre la fuente tempestad, lluvia y viento.
35- Mi señor Yvain ya ha alcanzado el perdón, y podéis creer que después de tan larga y cruel desesperación, jamás gozó de tanta felicidad. Superadas todas las pruebas, ha logrado ser amado y querido por su dama, que corresponde a su amor. Ya no se acuerda de ninguno de los sufrimientos que le atormentaron, porque los va borrando de su memoria el tierno goce de su amiga.





[i] En la edición impresa se omiten los guiones largos antes y después de “le dice”, y han sido agregados (Nota del editor digital)
[ii] En la versión en papel se lee “umbal” en vez de umbral, errata que corregimos (Nota del editor digital)

jueves, 10 de abril de 2014

Texto para 5to año.

Manuel Rivas



(Texto completo)
«¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua de las mariposas».
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran un efecto de poderosas lentes.
«La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa». Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de jarabe.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender como yo quería a mi maestro. Cuando era un «picarito», la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la batalla del Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.
Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, el que me puso el apodo. «Pareces un gorrión».
Creo que nunca corrí tanto como aquel verano anterior al ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancara las amígdalas con la mano, la manera en que el maestro les arrancaba la jeada del habla para que no dijeran ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de Juadalagara!» Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de mandil de carnicero. No mentiría si les dijera a mis padres que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía por dentro.
Y me meé. No me meé en la cama sino en la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos años y todavía siento una humedad cálida y vergonzosa escurriendo por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio escondido con la esperanza de que nadie se percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar por la Alameda.
«A ver, usted, ¡póngase de pie!»
El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que la orden iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el-Krim.
«¿Cuál es su nombre?»
«Gorrión»
Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me batieran con latas en las orejas.
«¿Gorrión?»
No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al ventanal, buscando con angustia los árboles de la alameda.
Y fue entonces cuando me meé.
Cuando se dieron cuenta los otros rapaces, las carcajadas aumentaron y resonaban como trallazos.
Huí. Eché a correr como un loquito con alas. Corría, corría como solo se corre en sueños y viene tras de uno el Sacaúnto. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mi. Podía sentir su aliento en el cuello y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba solo con mi miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas, y que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis padres. Las piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta A Coruña y embarcaría de polisón en uno de esos navíos que llevan a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el mar sino otro monte más grande todavía, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia lo que tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba la noche cabalgando sobre los aullidos de los perros. No estaba sorprendido. Era como si atravesara la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando llegó donde mi la sombra regia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho. «Tranquilo Gorrión, ya pasó todo».
Dormí como un santo aquella noche, pegadito a mamá. Nadie me reprendió. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como pasara cuando había muerto la abuela.
Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado de la mano en toda la noche.
Así me llevó, agarrado como quien lleva un serón en mi vuelta a la escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «¡Me gusta ese nombre, Gorrión!». Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció de pie, agarró un libro y dijo:
«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. «Bien, y ahora, vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta».
A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.
«Una tarde parda y fría...»
«Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?»
«Una poesía, señor».
«¿Y como se titula?»
«Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado»
«Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito y en voz alta. Repara en la puntuación»
El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
«Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...
«Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?», preguntó el maestro.
«Que llueve después de llover, don Gregorio».
«¿Rezaste?», preguntó mamá, mientras pasaba la plancha por la ropa que papá cosiera durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.
«Pues si», dije yo no muy seguro. «Una cosa que hablaba de Caín y Abel».
«Eso está bien», dijo mamá. «No se por que dicen que ese nuevo maestro es un ateo».
«¿Qué es un ateo?»
«Alguien que dice que Dios no existe». Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.
«¿Papá es un ateo?»
Mamá posó la plancha y me miró fijo.
«¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa pavada?»
Yo había escuchado muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios.
Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en el Demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían de verdad en Dios.
«¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?»
«¡Por supuesto!»
El hervor hacía bailar la tapa de la olla. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y berza. Una abeja revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que colgaba de un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera a un desvalido.
«El Demonio era un ángel, pero se hizo malo».
La abeja batió contra la lámpara, que osciló ligeramente y desordenó las sombras.
«El maestro dijo hoy que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el resorte de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que mandar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?»
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te gusta la escuela?»
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega»
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los llamaba, «parecen carneros» y hacía que se dieran la mano.
Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un gran enfado era el silencio.
«Si ustedes no se callan, tendré que callar yo».
Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en un extraño país.
Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras.
Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata.
«Las patatas vinieron de América», le dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío.
«¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas», sentenció ella.
«No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz». Era la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres, desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras, el bosque, y subíamos al monte Sinaí. Cada viaje de esos era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una libélula. Un escornabois. Y una mariposa distinta cada vez, aunque yo solo recuerde el nombre de una es la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o en el estiércol.
De regreso, cantábamos por las corredoiras como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: «Y ahora vamos a hablar de los bichos de Gorrión».
Para mis padres, esas atenciones del maestro eran una honra. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos. «No hacía falta, señora, yo ya voy comido», insistía don Gregorio. Pero a la vuelta, decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».
«Estoy segura de que pasa necesidades», decía mi madre por la noche.
«Los maestros no ganan lo que tienen que ganar», sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. «Ellos son las luces de la República».
«¡La República, la República! ¡Ya veremos donde va a parar la República!»
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia.
Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero muchas veces los sorprendía.
«¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es cosa del cura, que te anda calentando la cabeza»
«Yo a misa voy a rezar», decía mi madre.
«Tu, si, pero el cura no»
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría «tomarle las medidas para un traje».
El maestro miró alrededor con desconcierto.
«Es mi oficio», dijo mi padre con una sonrisa.
«Respeto muchos los oficios», dijo por fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año y lo llevaba también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó conmigo en la alameda, camino del ayuntamiento.
«¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año podemos verles por fin la lengua a las mariposas»"
Algo extraño estaba por suceder. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban para la derecha, viraban cara a la izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca vi sentado en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía una tormenta.
Sentí el estruendo de una moto solitaria. Era un guarda con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró cara a los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: «¡Arriba España!» Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de estallidos.
Las madres comenzaron a llamar por los niños. En la casa, parecía haber muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres miraron el picaporte con desasosiego. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en la casa de Suárez, el indiano.
«¿Saben lo que está pasando? En la Coruña los militares declararon el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil»
«¡Santo cielo!», se persignó mi madre.
«Y aquí», continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyeran, «Se dice que el alcalde llamó al capitán de carabineros pero que este mandó decir que estaba enfermo».
Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los gorriones de la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si se hiciera vieja en media hora.
«Están pasando cosas terribles, Ramón», oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor todavía. Parecía que había perdido toda voluntad.
Se arrellanó en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.
«Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo»
Fue mi madre la que tomó la iniciativa aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a la misa. Cuando volvieron, me dijo: «Ven, Moncho, vas a venir con nosotros a la alameda».
Me trajo la ropa de fiesta y, mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo en voz muy grave: «Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro».
«Si que lo regaló».
«No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste bien? ¡No lo regalo!»
Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. Bajaran también algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos de chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas de soldados abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande.
Pero en la alameda no había el alboroto de las ferias sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardas, salieron los detenidos, iban atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la orquesta Sol y Vida, el cantero q quien llamaban Hércules, padre de Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.
«¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!»
«Grita tu también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!». Mi madre llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara con toda su fuerza para que no desfalleciera. « ¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!»
Y entonces oí como mi padre decía «¡Traidores» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales! ¡Rojos!» Saltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida cara al maestro. «¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!»
Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. «¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre¡». Nunca le había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. «Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso». Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. «¡Grítale tu también, Monchiño, grítale tu también!»
Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: «¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!».