Adjunto enlaces para leer otros relatos fantásticos.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/montede.htm
http://profmariavaldez.blog.terra.com.ar/2008/09/14/el-escuerzo-de-lugones/
domingo, 27 de octubre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
5to-La soga
Les adjunto el cuento de Silvina Ocampo
La Soga , de Silvina Ocampo
A Antoñito López le
gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de
agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la
chimenea. Estos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga
vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo
del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo
entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de
siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer
con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol,
después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles,
después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamanos,
finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se
retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a
morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se
acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo
tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un
perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco,
obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel
movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido
trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
—Toñito, préstame la soga.
El muchacho invariablemente contestaba:
—No.
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.
Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.
¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua.
La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo le vi, tendido, con los ojos abiertos.
La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
—Toñito, préstame la soga.
El muchacho invariablemente contestaba:
—No.
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.
Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.
¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua.
La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo le vi, tendido, con los ojos abiertos.
La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.
lunes, 14 de octubre de 2013
5to-Más cuentos
Les dejo el enlace para el próximo cuento a leer.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/las_ruinas_circulares.htm
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/las_ruinas_circulares.htm
jueves, 3 de octubre de 2013
Cuentos policiales-2do5ta
Acá va otro de los cuentos de los alumnos de 2do 5ta de la EESN°7. En este caso es la primera entrega que tiene como protagonista al detective Makalister, personaje creado por los alumnos Daniel Torrilla y Demian Prado. Próximamente subo otro de la saga del detective.
EL
MISTERIOSO CASO DE MARY SUATSON
Un día como cualquiera, mi
ayudante Richard me trajo una carta que dejaron en su puerta por accidente.
Dijo que era muy importante. Entonces, la leí: “Querido inspector Makalister:
le entrego esta carta para informarle que necesito su ayuda. Tengo miedo.
Siento que veo ojos por todas partes. Alguien me está siguiendo. Por favor,
ayúdeme. Mi nombre es Mary Suatson. Vivo en Buenos Aires, en el barrio de Once,
Arsellomiola 32.”
Después de leerla, partí
hacia Buenos Aires. Busqué la dirección. Recorrí todo el barrio y no encontré
nada. Esa dirección no existía. Miré la carta, sospeché que algo andaba mal y
me di cuenta de que faltaba un número. Era un 9. Partí hacia la dirección
correcta, golpee la puerta y nadie atendió. La puerta estaba semi abierta.
Entré y no encontré a nadie, sólo unpedazo de papel que habría escrito el
supuesto personaje que había secuestrado a Mary. Dejó escrito en el papel: “No
la busques, no intentes nada, o la mataré”.
Investigué la casa y debajo
de la cama, encontré una foto de Mary. Observé la foto y encontré que detrás de
ella (de Mary), había un departamento. Un departamento del edificio “Harrison”.
Fui al lugar. Le pregunté al dueño si había visto algo sospechoso en esos
últimos días. Me contestó:-vi, ayer, a uno de mis huéspedes corriendo, muy
alterado, hacia su habitación.
Subí al segundo piso y me
detuve en el departamento que me había dicho el dueño, el 22. Forcé la
cerradura y, al entrar, no encontré a nadie. De pronto, unos señores
aparecieron por detrás y empezamos a pelear. Logré vencerlos y me dirigí a la
administración. Tomé al dueño y le pregunté: ¿dónde está Mary?.Como él no me
contestaba, lo amenacé con el revólver y empezó a hablar. Me dijo que la que
tenía a Mary era una chica, y que estaba escondida en un garaje que había
alquilado.- “yo sólo ayudé, porque me dijo que nos iríamos de viaje juntos.”
Después de escuchar la
información, lo golpeé dejándolo inconsciente. En el escritorio, mi ayudante
Richard, encontró unos papeles del alquiler. Estaba escondida en la avenida 25
de Mayo, detrás del hotel “Los Reyes”.
Cuando llegamos al lugar,
entramos al garaje sigilosamente y encontramos, atada, a Mary.
De repente, apareció la secuestradora. Mi compañero y yo, sacamos
nuestros revólveres y le apuntamos. Pero ella, también, sacó su revólver,
apuntando a Mary. Mary empezó a gritar y la secuestradora empezó a decirnos que
no nos acercáramos o la mataría y que tiráramos las armas. Yo dejé mi arma en
el piso, pero Richard amagó y, desesperadamente, le disparó a la secuestradora
en el pulmón, dejándola con pérdida de sangre.
Pensábamos que todo había
terminado pero de atrás de Mary salió un hombre enmascarado que se la llevó. Lo
perseguimos sin éxito. Después de una hora llegó la policía.
Yo me fui a mi casa a
descansar y a meditar la situación.
Después de dos meses, dejé
el caso y Richard se fue a vivir a Córdoba.
Yo, no di por concluido el
caso. Investigué y descubrí que la secuestradora era Susan, la ex amiga de
Mary. La habría secuestrado porque Mary le había robado el novio, en la
facultad. Susan tomaba pastillas para controlarse: sufría de esquizofrenia.
Luego de averiguar esto me
quedé insatisfecho. Aún no puedo dormir en las noches y tomo cada día como un
misterio sin resolver y cada noche como una oportunidad de encontrar a Mary.
El 2 de septiembre de 2004.
Mary apareció muerta, a orillas del río. Susan Taylor, después de recuperarse
de un disparo en el pulmón, fue condenada a cadena perpetua por homicidio.
Le doy mis condolencias a la
familia Suatson.
viernes, 13 de septiembre de 2013
cuentos policiales-2do 5ta
Transcribo a continuación un cuento policial redactado por los alumnos de 2do 5ta, de la EES N°7, Franco Pallero, Alexis Tolosa y Mateo Espíndola.
El crimen sin
completar
17 De Marzo de 1930
En la segunda semana
de Marzo, unos 3 hombres levantaron vuelo desde Alemania, para dirigirse a la
actual Argentina. Estos eran del Grupo Comando Nazi, el Hans. El líder del
grupo comando se llamaba Rudolf Seyd, el cual no era muy expresivo y era alto y
delgado. El otro sujeto era el científico Josef Mengele, un hombre de ojos
muy peculiares, y calvo. Y por último estaba el investigador Alfred Müller.
El motivo del viaje
fue para implementar los resultados de sus investigaciones en Buenos Aires,
Argentina. En el proceso del mismo, capturaron aproximadamente a unas 191 personas, de las cuales 34
permanecieron vivas. Con las 157 personas fallecidas hicieron experimentos,
para lograr una droga que ellos querían, la nectarig (una droga que cambia de
parecer a las personas).
Después de un año de experimentación, La
S.I.D.E (Servicio de Inteligencia del Estado Argentina) retuvo sus
experimentos. Josef Mengele, alcanzó a guardar toda la información en un
objeto.
.26 de Septiembre del
2012.
-Y por eso amigos
míos, necesitamos conseguir ese "objeto"- Dijo Alan Twain, un hombre
alto, serio, siempre usando gafas, y chaqueta de cuero.
¿Y cómo se supone que
encontraremos ese objeto?- dijo ,interrumpiendo, Sofía Gerez, una mujer petisa
muy curiosa, atenta a su trabajo, y siempre vestida con trajecitos.
Alan Twain,
interrumpió diciendo:- gracias a Niko Vennick (un hombre solitario e
inteligente para saquear lugares, de buena vestimenta y de buen porte), ya
poseemos las cuatro llaves que abren el objeto. Y,gracias a la ayuda de Joserme
Harrizón, ya sabemos la ubicación del mismo-.
Lo posee una señora de 74 años
aproximadamente, que lo ha llevado a la casa de empeño Aliwa Uszer localizada en Buenos Aires. El actual dueño es Armando
Iglesias. Una vez corroborada esta información, acudiremos al local, para
saquear el cofre.
.30 de Septiembre 2012. Día del asalto.
Sofía Gerez ingresó a la casa de empeño, se acercó al mostrador, donde se
hallaba Arnando, y le dijo que le interesaba ver los tipos de cofres que él
poseía en la galería.
A la noche de ese mismo
día, acudieron al robo Niko Vennick que desactivó los sensores de seguridad,
mientras ingresaban Sofia y Alan, que se encontraba armado. En el interior se hallaba Arnando, que vivía en el
segundo piso. Al escuchar ruido bajó, y se encontró con Alan y Sofia. Alan miró
a los ojos a Arnando e hizo dos disparos. Mientras esto sucedía , Sofia
aprovechó y tomó el extraño cofre.
.Todo Empieza. 31
de Septiembre del 2012.
Al día siguiente
al saqueo, como todas las mañanas, la hija de Arnando se dirigió al local, y
encontró a su padre tirado en el piso con una laguna de sangre. Llamó a la
policía, y de ahí le derivaron a un detective privado. Quedó en verse en el
ciber-caffe que se encontraba a la vuelta.
En el ciber-caffe el
detective privado se presentó y le dijo que se llamaba Martin Sanchez, y que
ese caso estaría en las mejores manos. El detective, que era un hombre con una gran astucia e inteligencia, se encontraba acompañado por su ayudante Romero, un hombre con una gran
sabiduría, de estatura media. Después de unos 30 minutos de una extensa conversación
decidieron ir, el detective con la hija y su ayudante a la escena del crimen.
Cuando llegaron, vieron el cadáver del señor Arnando, el cual se encontraba con
un disparo en la nuca, y Martin se dio cuenta que había una segundo disparo que
se encontraba alojado en la puerta al lado del mostrador. En ese momento le
dijo a su ayudante: -Romero fíjese en la puerta de al lado del mostrador hay
una bala alojada, ¿la podría retirar y llevarla para analizar?- en .ese momento
Romero hace lo pedido, y en el proceso de ratificar si en el negocio faltaba
algo, se dieron cuenta que faltaba un cofre de oro, que habían traído hacía una semana.
En la casa de Martin, él estaba analizando la bala, y se dio cuenta que esa
bala era de una 9mm. Le pregunta a
Romero si podía conseguir más información sobre la bala. Romero, tras un largo
tiempo de investigación logró reconocer que la bala era de una Mauser C96 y que
tal arma se utilizó en la época tiránica de Hitler. Y, al ver el historial del
negocio, notaron que el cofre que faltaba, tenía una insignia nazi. En ese
momento Martin se puso a analizar la situación, y se preguntó:¿ qué hacen unos
sujetos robando y matando, con un arma nazi, y llevándose un objeto nazi? Y
tornan al lugar a investigar sobre los movimientos nazis que hubo en Argentina.
Luego de un tiempo sacaron la conclusión de que había una nueva movilización
nazi en Argentina. Pero algo ahí no cerraba: es el por qué. Martin pensó -
¿Porque los nazis resurgirían?, ¿Por qué en Argentina?, ¿Por qué saquear un
cofre?, ¿Qué querrían lograr con esto?, esto la verdad no concuerda-.
-Por
favor Romero dígale a la S.I.D.E que nos notifiquen de algún movimiento raro
por la zona- Dijo Martin.
.El Retornar. 1 de Octubre de 2012
Mientras
tanto, los cuatro sujetos que robaron el cofre, recuperaron la información y
archivos que se encontraban dentro de él. Estaban todos sentados en ronda con
el cofre en el centro, analizando los papeles que se encontraban dentro,
contentos con la hazaña que habían hecho y se pusieron a analizar su tan
querido logro.
-Vamos a
poder retornar lo que nuestros antecesores no pudieron terminar-dijo Alan Twain
mientras observaba los papeles.
-Exacto
vamos a terminar- dijo Sofía Gerez, emocionada.
La S.I.D.E, ha notado unos movimientos extraños en el
norte de Buenos Aires -dijo Romero mirando a Martin, -Han notado muchos
camiones de transporte, le he dicho a la S.I.D.E que siga sigilosamente esos
camiones, ¡podrian ser lo señores que estamos buscando!-.
-Exacto
colega- Martin se alejó de Romero y se apoyó sobre la ventana.
.Actividades de un de colegio.
-Buenos
chicos, - dijo la profesora Bielza- ahora ustedes tienen que buscar un final,
para lo sucedido en este final.
Los
alumnos confundidos, por la interrupción de la lectura de la profesora,
preguntaron, porqué no quería decir el final. La profesora con una mirada fría
les respondió: el texto no tiene final, porque todavía están experimentando y
no se han encontrado más rastros de esos nazis.
--¡¿Y el
detective?!- gritó un alumno. La profesora respondió: lo encontraron muerto, en
su habitación, cerca de su ayudante. Nadie pudo descifrar la razón de su
muerte. Lo único que sabemos es que murió instantáneamente. Y por eso, en esto
días, hay muertes y desapariciones que nadie ha podido resolver.
¿Terminará?...
domingo, 8 de septiembre de 2013
6to- Vanguardias
LAS
VANGUARDIAS
El término vanguardia, del
francés avant-garde, proviene del ámbito militar y designa a la primera línea
del ejército, el grupo de avanzada para la exploración y el combate, y el
primero que se enfrenta con el enemigo. En el terreno cultural, vanguardia se
utiliza metafóricamente para referirse a los individuos o movimientos
artísticos que, en las primeras décadas del siglo XX, cuestionaron las formas y
los contenidos tradicionales e impulsaron una profunda renovación en la manera
de hacer y de pensar el arte. El sentido militar del término es funcional para
mostrar el ámbito del arte como un campo de batalla donde algunos artistas se
lanzan a nuevos territorios, mientras
que otros siguen aferrados a la tradición. Los principales movimientos de
renovación del siglo XX fueron: el futurismo, el expresionismo, el cubismo, el
dadaísmo, el surrealismo, el creacionismo, el ultraísmo y el concretismo.
CARACTERÍSTICAS:
Ruptura
definitiva con el principio realista según el cual el arte debe
imitar la vida. Aparecen autores y corrientes experimentales que producen
cambios en la novela, el teatro o la poesía.
Transformaciones
en el lenguaje con la intención de producir poemas que
pongan en juego nuevas formas y sentidos. Pero esas innovaciones no sólo buscan
encontrar recursos originales de expresión artística, también cuestionan y
proponen alternativas para el cambio social y político.
Interés
por la exploración del inconsciente, y la postulación del sueño y la locura
como fuentes inspiradoras del arte.
El
azar es un recurso muy utilizado para la elección de las
palabras que componen sus textos.
Los movimientos
vanguardistas suelen su propuesta a través de un manifiesto en el que hacen
públicas las ideas que los guían y las acciones que llevarán a cabo.
LA
EXPERIMENTACIÓN EN EL LENGUAJE
El vanguardismo apuesta a la
experimentación con el lenguaje para devolverle fuerza y lucidez a la poesía.
Para ello aprovecha las posibilidades
que ofrecen las diferentes dimensiones que tienen las palabras. Juega
esencialmente con tres aspectos:
Aspecto
gráfico: En la producción de poemas , utilizan procedimientos,
como variar los diferentes tipos y tamaños de letras; alterar la disposición de
las palabras en la hoja, hacer un uso particular de minúsculas y mayúsculas,
escribir palabras incompletas, separar sílabas en el espacio blanco de la hoja,
construir figuras y objetos con palabras, emplear la técnica del collage.
Aspecto
sonoro: Se exploran los distintos sonidos que brinda el lenguaje.
Juega un rol fundamental la pronunciación de los distintos sonidos que integran
las palabras y los que surgen de la combinación de ellas. En muchos casos, la
unión de las palabras se realiza más por similitud fonética que por un sentido
lógico. También se incorpora el ruido, términos del lenguaje infantil, los
idiomas artificiales, la onomatopeya y la imitación de los sonidos de los
animales.
Aspecto
semántico: Se trata de la experimentación con el sentido
de las palabras para que multipliquen el poder expresivo de éstas tomando tanto
su significado literal como el sugerido. Para ello, se construyen términos
nuevos a través de la unión impensada de palabras, la creación de palabras y el
empleo de jitanjaforas.
LA
DENOTACIÓN Y LA CONNOTACIÓN
Las palabras poseen una
doble significación: un sentido literal
o denotativo y un sentido figurado o connotativo. La dimensión denotativa
describe lo que una palabra significa de manera objetiva. La dimensión
connotativa es el sentido agregado de las palabras y apela a las múltiples
interpretaciones que tiene el lenguaje.
En la poesía vanguardista el
juego con ambas significaciones es uno de los procedimientos que se utiliza
para transformar e intensificar el lenguaje.
LOS
RECURSOS EXPRESIVOS
La musicalidad y las
relaciones semánticas o de significado de las palabras son el corazón del
lenguaje poético. Estas últimas se apoyan en la relación entre el sentido
denotativo y el connotativo, y se presentan a través de los recursos expresivos
o poéticos. Algunos de ellos son:
La
metáfora: Se trata de una comparación sin nexo. Se reemplaza un
término literal por uno figurado.
La
sinestesia: Es la combinación de imágenes sensoriales de
distintos sentidos.
El
símbolo: Se trata de una palabra o de una expresión que representa
una idea o un concepto más complejo.
El
encabalgamiento: Consiste en cortar una frase al final del
verso y continuarla en el siguiente verso. Así, la idea global de la frase
queda terminada la final del segundo verso.
MOVIMIENTOS
VANGUARDISTAS
El
simbolismo: Este movimiento nace en Francia en la segunda
mitad del siglo XIX y rompe con la tradición romántica anterior. Así, inaugura
la poesía moderna. Para los simbolistas, el universo está unido por vínculos
misteriosos que los sentidos perciben en forma separada, como olores, sonidos,
colores, etc. La percepción de los sentidos se relaciona con símbolos que expresan una profunda unidad cósmica. Por
medio del lenguaje poético, el poeta tiene que captar esos símbolos en los que
el universo se expresa. Los principales poetas simbolistas son: Charles
Baudelaire, Stephane Mallarmé, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.
El
creacionismo: Se trata de un movimiento de renovación
estética, inaugurado por el poeta chileno Vicente Huidobro. Huidobro concibe el
poema como un hecho nuevo, independiente del mundo externo, que sólo puede
existir en la cabeza del poeta.
El
Ultraísmo: Para los ultraístas, la poesía es la imagen y
la imagen por excelencia es la metáfora; además, la poesía puede hacer que todo
se convierta en poesía.
El
surrealismo: El fundador del surrealismo fue André Bretón.
El término “surrealismo” significa “por encima del realismo”. Los poetas más
importantes del surrealismo son : André Bretón, Paul Eluard, Vicente
Aleixandre, Federico García Lorca en su última etapa y Aldo Pellegrini.
Entre los métodos
surrealistas se encuentran:
a-El
humor, sobre todo el humor negro.
b-Lo
maravilloso visto en lo cotidiano y lo usual
c-el
ensueño como camino hacia lo maravilloso.
d-La
escritura automática que consiste en permitir la libre asociación
de ideas y transcribir los pensamientos tal como surgen en la mente.
e-Los
cadáveres exquisitos, un procedimiento en el que intervienen
varias personas que escriben por su cuenta sujetos, verbos, objetos directos,
etc sin que los demás sepan qué escribe cada uno. Se reúnen las expresiones y
se transcriben las oraciones resultantes, combinando todo lo escrito y haciendo
los ajustes sintácticos necesarios para lograr coherencia.
Fuente: Ed. Puerto de
Palos.
lunes, 2 de septiembre de 2013
5to-El relato fantástico
El relato fantástico
El relato
fantástico es una clase de narración prolongada que establece y
desarrolla un antihecho, que articula a través de él, se podría decir, algo
irreal, inadmisible
Esta clase narrativa implica siempre una ruptura del
orden reconocido. Es el relato de una irrupción, dentro de determinada
legalidad.
El tiempo de lo fantástico es el tiempo de una
vacilación. En muchos casos esa vacilación es común al personaje y al lector,
que deben tomar una decisión acerca de la "realidad" de lo que
perciben.
Al finalizar la historia, el lector, si el personaje no
lo ha hecho, se ve llevado a tomar una decisión O bien las leyes de la realidad
quedan intactas y permiten explicar los fenómenos descriptos, (esta
opción derivaría hacia el género de lo extraño), o bien es necesario admitir
nuevas leyes de la naturaleza, mediante las cuales el acontecimiento pueda ser
explicado (esta segunda opción se inclina hacia el género de lo
maravilloso).
Este rasgo definitorio de lo fantástico,
la vacilación, está inscripto en el nivel de la estructura narrativa misma y
también es posible leerlo como un desplazamiento de la cuestión temática
principal: como incertidumbre respecto de la naturaleza de lo real y un
profundo cuestionamiento de dos categorías: verdad y realidad.
Con respecto a la estructura formal que caracteriza a
estos relatos está dominada por una figura retórica llamada oxímoron. Está
figura, estaría presente en la subjuntividad negativa en la que se articula
esta clase de narrativa: El mundo real está presente constantemente por
negación: la estructura fantástica es lo que no hubiera podido pasar,
lo que no hubiera podido existir... pero existe.
Es en este sentido que lo fantástico como modo
literario contraviene la realidad por negación; donde el relato articula eso
que pasó como algo que no hubiera podido pasar.
Y en este sentido la estética predominante en el siglo
pasado ofrecía cierto marco al horror. El fantasma, el doble, el vampiro,
conforman el imaginario de una época, y de los inicios del género.
En cuanto al cuento fantástico contemporáneo ese
imaginario tiende a ser suplantado por el silencio. Es decir, pone en juego la
imposibilidad de explicación de algo que no se sabe si ha ocurrido o no. La
lectura oscila entonces entre la suposición de la nada y la sospecha de algo
insondable, entre la reconstrucción de una causalidad oculta y la aceptación
del sin sentido; es una posibilidad entonces, de que en ese vacío aceche la
plenitud semántica del peligro.
Elementos constituyentes
El relato
fantástico puede construirse según los siguientes elementos:
•La
irrupción: Algún elemento extraordinario transgrede la lógica y entra en
tensión y contradicción con las leyes normales que rigen el mundo.
• La metamorfosis: El personaje se transforma, inesperadamente, en otro ser distinto. Cambio de lo real a algo irreal
• La permutación: Mediante el sueño se mezclan y entrecruzan lo real y lo imaginado. Un personaje vive una situación extraña, y no puede distinguirla de lo real.
• La usurpación: Es la invasión de la realidad del protagonista por otra persona. El personaje encuentra su ámbito ocupado por un intruso, un usurpador, y éste lo toma por forastero.
• El traslado: El personaje pasa de su ambiente y ámbito cotidiano a otro extraño que no le pertenece.
• La creación: Se crea a través del sueño una realidad extraña y fantástica a la cual se accede. La realidad es creada por el sueño o por alguna otra forma, por ejemplo, la palabra.
• El sueño como realidad: Lo que parece una realidad no es más que el sueño de otra persona.
• Lo desconocido como realidad: Se convierte en posible algo que no lo es. Se convierte en posible lo imposible.
• La visión subjetiva: El acontecimiento se hace real para algunos y no existe para otros.
• La metamorfosis: El personaje se transforma, inesperadamente, en otro ser distinto. Cambio de lo real a algo irreal
• La permutación: Mediante el sueño se mezclan y entrecruzan lo real y lo imaginado. Un personaje vive una situación extraña, y no puede distinguirla de lo real.
• La usurpación: Es la invasión de la realidad del protagonista por otra persona. El personaje encuentra su ámbito ocupado por un intruso, un usurpador, y éste lo toma por forastero.
• El traslado: El personaje pasa de su ambiente y ámbito cotidiano a otro extraño que no le pertenece.
• La creación: Se crea a través del sueño una realidad extraña y fantástica a la cual se accede. La realidad es creada por el sueño o por alguna otra forma, por ejemplo, la palabra.
• El sueño como realidad: Lo que parece una realidad no es más que el sueño de otra persona.
• Lo desconocido como realidad: Se convierte en posible algo que no lo es. Se convierte en posible lo imposible.
• La visión subjetiva: El acontecimiento se hace real para algunos y no existe para otros.
• Lo
Lúdico: Mundos irreales, que siguen
reglas absurdas, tal como en Alicia en el País de las Maravillas.
jueves, 22 de agosto de 2013
6to1era-6to2da-Técnica 2
Les dejo un enlace para que puedan leer un cuento de Sherlock Holmes.
http://www.rinconcastellano.com/biblio/relatos/acdoyle_carbunclo.html#
http://www.rinconcastellano.com/biblio/relatos/acdoyle_carbunclo.html#
lunes, 12 de agosto de 2013
5to año-el informe de lectura
EL
INFORME DE LECTURA
El informe de lectura es una
revisión expositiva por medio de la cual se analiza y sintetiza un texto,
denominado fuente, a fin de exponer un tema. Por lo tanto, supone la existencia
de otro texto, que constituye el objeto a describir, del que proviene la
información necesaria para el conocimiento de un tema o como parte de una
investigación. Este objeto puede ser un fragmento, un artículo completo, un
libro o un corpus. En otras palabras, el informe de lectura necesita de otras
fuentes que se referirán o citarán según el criterio del autor del informe.
Un informe de lectura no
copia lo que dice el texto fuente sino que reproduce con fidelidad temática y
estructural. Ahora bien, en un informe de lectura se puede jerarquizar la información
que ofrece la fuente, también interpretarla, sintetizarla, ampliarla y
relacionarla con otras fuentes.
Para realizar un informe de
lectura sobre un tema, primero hay que volverse un “buen lector”, es decir un
lector atento, competente, perspicaz.
La finalidad de un informe
de lectura es exponer una lectura explicativa y reflexiva de algún texto que
servirá de apoyo bibliográfico en la investigación de un tema; es importante,
entonces, que además del resumen de los contenidos, presente la descripción de
la estructura argumentativa o explicativa según el caso, con las
correspondientes hipótesis y afirmaciones que en el texto se hagan, incluya un
resumen de los contenidos, la presentación del autor, la relación de ese texto
con otros, la mención de las fuentes utilizadas.
La información del texto
fuente se puede introducir en el informe de lectura o bien de manera literal
mediante citas o bien como paráfrasis (decir lo mismo de otra manera,
reformular).
Fuente: “Mito,
fábula, épica y tragedia”-Ed Aula Taller.
jueves, 1 de agosto de 2013
6to-Pedro Páramo
Les dejo el enlace para leer la novela de Rulfo.
http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/literaturalatinoamericana/rulfo/pedroparamo/
http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/literaturalatinoamericana/rulfo/pedroparamo/
5to A-Otto Krause
Les dejo el enlace para que puedan leer "Crónica de una muerte anunciada" de García Márquez
http://biblio3.url.edu.gt/Libros/cromuerte.pdf
http://biblio3.url.edu.gt/Libros/cromuerte.pdf
martes, 9 de julio de 2013
5to -García Márquez
Gabriel
García Márquez
(Aracata, Colombia 1928—)
Me alquilo para soñar
(Aracata, Colombia 1928—)
Me alquilo para soñar
A las nueve de la mañana, mientras
desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a
pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del
malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un
flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en
los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los
numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por
los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de
vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y
el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por
encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tíempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco anos que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tíempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco anos que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
viernes, 28 de junio de 2013
5to-Texto para trabajar
EL ÚLTIMO VIAJE DEL BUQUE FANTASMA
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, v él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.
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